martes, 8 de abril de 2025

Tormenta de Carne y Hierro

El aire en el corredor era pesado, denso, como si la misma atmósfera hubiera sido corrompida. El eco de los pasos del marine resonaba con una cadencia lenta, monótona, un sonido que parecía estar ahogándose en la oscuridad que lo rodeaba. A su alrededor, la fortaleza de Forjaeterna crujía, quejándose como un viejo gigante moribundo. A cada instante, un estruendo retumbaba, un grito o  un murmullo de voces que no deberían existir.

Korr, el último marine, avanzaba solo. Su armadura, mellada por la brutalidad de la guerra, reflejaba una luz cálida y pútrida que surgía de las paredes empapadas de sangre. La mayoría de sus compañeros ya habían caído, arrastrados por las hordas del abismo, convertidos en monstruos sedientos de carne. Unos pocos aún estaban vivos, pero habían sido consumidos por la locura. Él… él seguía en pie, no por valentía, sino por pura necesidad, por un hambre de venganza que ni siquiera la muerte podía extinguir.





En su pecho, su servo-motor goteaba un líquido espeso, como un llanto de metal. La armadura había recibido más de un golpe fatal, y sus sistemas no respondían bien. Pero no importaba. No iba a dejar que la oscuridad se tragara todo. No mientras pudiera sujetar un arma y cargar con el peso de su armadura.

¡Bang!

Una explosión sacudió el corredor. Korr giró instintivamente, su brazo derecho alzó su fusil de asalto modificado. La primera cosa que vio fue una masa viscosa, que se deslizaba por el techo como una corriente de alquitrán, con ojos diminutos brillando en la negrura. Un destello de ira recorrió su cuerpo. Sabía qué era. Sabía qué significaba.

Los horrores de las profundidades de la fortaleza no tenían forma. Eran sombras, criaturas que una vez fueron humanos, pero que ahora eran solo carne retorcida, mezclada con algo mucho más antiguo y malicioso. Aparecieron de las grietas, como cucarachas nacidas de la suciedad, sus rostros estaban desfiguradas por las cicatrices del abismo.

Korr descargó una ráfaga de fuego. Los disparos retumbaron en el pasillo, cortando el aire como cuchillos. Las criaturas cayeron, pero más surgían de la oscuridad, sin fin.

— ¡Cabrones! — rugió, su voz distorsionada por el modulador de su casco. Estaba perdiendo el control. Pero no importaba.

Saltó hacia adelante, sus botas chirriaron contra el suelo húmedo mientras avanzaba con furia ciega. La bestia más cercana se abalanzó hacia él, sus garras se extendieron como cuchillas. Korr la alcanzó en el aire y, con un giro brutal, le arrancó la cabeza con el filo de su cuchillo de combate, empapándose de un líquido espeso y pútrido. La cabeza cayó al suelo con un golpe sordo, mientras el cuerpo de la criatura caía a sus pies, todavía temblando.

No tuvo tiempo de celebrarlo. Algo aún peor se acercaba.

Desde las sombras surgió una figura mucho mayor. Una masa de carne putrefacta que apenas parecía humana. Su rostro, si es que aún podía llamarse rostro, estaba cubierto por una capa de carne podrida y ojos desorbitados. De su boca caía un fluido negro. Con un gruñido profundo, la criatura lanzó un grito desgarrador y se lanzó hacia él.

Korr se preparó. Aquel ser era grande, mucho más grande que él, pero no iba a detenerse. No podía. Alzó su rifle, pero no tenía tiempo de apuntar. Su única opción era la brutalidad.

Corrió hacia el monstruo, sin dudar, y con un giro violento, le clavó el cuchillo en el abdomen. La criatura chilló de dolor, pero su piel era gruesa, resistente. Korr, usando toda su fuerza, le dio un codazo en la mandíbula, haciendo que el monstruo retrocediera un paso, sólo para ser reemplazado por otro ataque. Sus garras rasgaron la armadura de Korr, dejando profundos surcos en su pecho, pero no fue suficiente para derribarlo.

Con un rugido feroz, el marine utilizó su último aliento de furia para dar un golpe mortal. Sujetó el cuello de la bestia y, usando la fuerza de su servo-motor, giró con una rapidez que apenas su cuerpo pudo soportar. El crujido de huesos rotos llenó el pasillo mientras arrancaba la cabeza del monstruo de su cuerpo. La sangre oscura salpicó su rostro, pero no se detuvo.

Se desplomó sobre las rodillas, jadeando. Su armadura era un amasijo de metal y carne, llena de abolladuras, pero aún estaba en pie. A lo lejos, un retumbar sacudió la fortaleza, como si el mismo infierno estuviera a punto de tragárselo todo.

Korr no sonrió. No lo haría. Sabía que no iba a ganar esta guerra. Lo único que quedaba era seguir luchando, hasta el último aliento, hasta que la oscuridad lo arrastrara al abismo con los demás.

— ¿Por qué sigues luchando? — la voz del comandante muerto resonó en su casco. — Ya está todo perdido.

Korr miró la carnicería que había dejado atrás, la fortaleza de Forjaeterna completamente rota y las criaturas cayendo una tras otra. Con una última mirada a la cámara que parecía absorberlo todo, sonrió, aunque el gesto estaba roto y lleno de rabia.

— Porque no me queda otra opción, hijo de puta.

 

lunes, 7 de abril de 2025

El Templo de los Anuros

El sol había caído como una piedra en el horizonte, tragado por la selva de Zarkheba. Una humedad ominosa flotaba en el aire, tan espesa que se podía cortar con cuchillo. La maleza gemía bajo el peso de alimañas invisibles, y entre los árboles, aves negras graznaban con tono de augurio oscuro.

Conan caminaba entre la espesura como si hubiera nacido en ella. La selva era enemiga de los débiles, pero él era del norte, de montañas donde el viento mordía como manada lobos. Nada en ese lugar verde y palpitante podía quebrar su voluntad. Detrás de él, los gritos del guía kushita que había huido horas antes, fueron apagados por algún depredador que no dejaba huellas. Conan no lamentó su pérdida: el hombre hablaba demasiado.

Frente al cimmerio, al fin, apareció el templo.

No era obra de humanos. Alzándose entre raíces milenarias y cubierto de líquenes, parecía más un tumor que una construcción. Sus piedras no habían sido cortadas, sino fundidas, como si una voluntad arcana las hubiera formado por medio de fuegos que ya no arden en este mundo. Había escalones desiguales, puertas demasiado bajas o demasiado altas, y estatuas desfiguradas que miraban hacia el suelo como si no pudieran soportar mirar el cielo.

La entrada era un arco de piedra en forma de boca abierta, flanqueado por pilares tallados con imágenes anfibias: sapos erguidos como hombres, hombres deformados como sapos. La piedra tenía un tono verdoso, aceitoso, como si transpirara.

Conan cruzó el umbral, y el hedor a cieno antiguo lo golpeó en el rostro como una bofetada húmeda. Dentro, la oscuridad reinaba. No una sombra cualquiera, sino una negrura viva, densa, casi líquida. Pero los ojos del bárbaro, acostumbrados a la penumbra de las cuevas y a la luz trémula de las hogueras, pronto distinguieron el interior.

Un salón enorme, de techo invisible. Estatuas de ídolos sin rostro. Vasijas rotas. Un altar ennegrecido. Y al fondo, un trono de piedra… sobre el que reposaba una figura grotesca.

El ídolo.

Un ídolo de  jade y sangre. Representaba una criatura abotagada, con la cabeza de un sapo monstruoso, ojos engastados con rubíes y manos prensiles. Tenía colmillos, y algo en su sonrisa congelaba la sangre.

Conan sintió un cosquilleo en la nuca. Algo se movía. No una, ni dos… sino muchas presencias. Detrás de columnas, entre sombras líquidas, croaban. El sonido era enfermizo, como una burla del lenguaje humano.

Entonces salieron.





Criaturas batracias, erguidas sobre dos patas y piel cubierta de limo. Tenían dedos palmeados y lanzas de hueso, ojos blancos como perlas ciegas, y bocas llenas de colmillos.

El cimmerio no vaciló.

—¡Crom, mira esta danza infernal! —rugió, desenvainando su espada como si fuera a partir el mundo en dos.

El acero cantó al entrar en la carne. Una criatura croó con fuerza mientras su vientre se abría como fruta madura. Otra intentó clavarle la lanza, pero Conan se agachó, le cortó el tobillo y, mientras caía, lo decapitó en el aire.

Eran rápidos, pero no lo suficiente. Y no estaban preparados para un enemigo como él: ni demonio, ni espíritu, sino algo peor —un hombre libre con odio en el alma y fuerza en los brazos.

Los hombres-sapo atacaban en oleadas, como si fueran parte de un solo organismo. Lo empujaban hacia el altar, chillando nombres imposibles, invocando a un ser que dormía bajo las aguas de la tierra. Pero Conan no retrocedía.

Uno le arañó el pecho, desgarrando la carne. El cimmerio aulló, pateó a la criatura y la atravesó con la espada hasta clavarla contra una columna. La hoja se atascó, y sin perder tiempo, tomó una de las lanzas de hueso y siguió luchando como un dios furioso.

Otro le saltó a la espalda. Lo derribó y le partió el cráneo contra los escalones del altar.

Cuando al fin el último ser cayó gorgoteando entre espasmos, Conan quedó de pie, herido, cubierto de la sangre negra y fétida de sus enemigos. Su respiración era un trueno. Miró al ídolo.

—Tu manada ha muerto, demonio. ¿Vendrás tú ahora?

No hubo respuesta. Pero el ídolo parecía haber cambiado. Sus ojos brillaban más, y la sonrisa era ahora una mueca de hambre.

Conan avanzó, apoyando una mano ensangrentada en el altar. Arrancó los rubíes de los ojos del ídolo, y en ese instante... el templo tembló.

Una voz surgió, no del aire, sino de su mente. No eran palabras, sino emociones: rencor, venganza, hambre, promesas de abismos y mundos sumergidos. Algo se movía bajo las losas. Un rugido gutural surgió del interior de la tierra.

Conan se volvió, guardó los rubíes en el cinturón, y echó a correr por la selva. Tras él, el templo comenzó a derrumbarse, piedra por piedra, como si un corazón oscuro hubiese dejado de latir.

Cuando por fin la selva lo tragó de nuevo, el bárbaro se detuvo sobre un risco, mirando la humeante ruina a lo lejos. Había ganado.

Pero sabía que algo lo había marcado. Algo antiguo. Algo que quizás, en alguna noche futura, lo buscaría… en sueños.

Y mientras el sol nacía, Conan se echó a reír. No de alegría, sino con esa risa brutal que solo un hombre como él podía esgrimir frente a la maldición de un dios muerto.

 

miércoles, 2 de abril de 2025

La increíble pero cierta historia de Oberon Zell-Ravenheart

Si el mundo fuera un poco más sensato, Oberon Zell-Ravenheart habría sido bibliotecario o tal vez un profesor universitario excéntrico con una colección de bufandas coloridas. Pero el mundo no es sensato, y Oberon Zell-Ravenheart no nació para llevar una vida ordinaria.

En cambio, eligió ser mago.



En cualquier sociedad funcional, "mago" no es una opción de carrera que encuentres en los folletos de orientación vocacional. No hay una casilla en los formularios de impuestos para "hechicero autodidacta", y si le dices a tu banco que eres un druida, probablemente revisen dos veces tu solicitud.

Desde su infancia, este hombre se tomó la fantasía con una seriedad absoluta, como quien se pone un sombrero puntiagudo no solo porque hace juego con su túnica, sino porque es lo correcto. Mientras otros niños soñaban con ser astronautas o bomberos, él se preparaba para una vida de magia, misterio y revistas esotéricas que harían levantar una ceja incluso al bibliotecario más tolerante.

Nacido en 1942 como Timothy Zell (porque en esa época aún no le había llegado la inspiración para un nombre más épico), decidió que el mundo necesitaba urgentemente un poco más de misticismo. Inspirado por Stranger in a Strange Land de Robert A. Heinlein, fundó la Church of All Worlds, una comunidad espiritual donde la magia, la ecología y la reverencia por el agua eran pilares fundamentales.

¿Era una religión? ¿Un club de magos? ¿Un experimento social con tintes mitológicos? La respuesta es sí.

No contento con simplemente crear una religión, Oberon también decidió que la comunidad neopagana necesitaba su propio equivalente del Times, pero con menos noticias deprimentes y más rituales para conectar con la naturaleza. Así nació Green Egg, una revista dedicada a la magia, el misticismo y artículos ocasionales sobre cómo no incendiar tu sala de estar con velas rituales.

Desde sus páginas, Zell-Ravenheart ayudó a unir a magos, brujas, druidas y toda clase de personas que creían que el mundo era un poco más interesante si se miraba con los ojos adecuados.

Si te imaginas a Zell-Ravenheart como un anciano con barba blanca hasta la cintura y un aire de sabiduría críptica, estás parcialmente en lo cierto. Pero además de su innegable aspecto de mago clásico, tenía una fascinación por lo desconocido que lo llevó a estudiar de todo: desde alquimia hasta criptozoología.

Le encantaban los mitos y las leyendas, pero no de la forma en que la gente los disfruta en libros. No, Oberon quería traerlos a la realidad. ¿Dragones? Fascinantes. ¿Unicornios? ¿Por qué deberían existir solo en tapices medievales? ¿Dioses antiguos? Bueno, ¿qué tal si los veneramos con la misma devoción que tenían los antiguos, pero sin necesidad de hacer sacrificios incómodos?

También era un apasionado de la educación y la transmisión del conocimiento. Por eso fundó la Grey School of Wizardry, una institución online para quienes quisieran aprender de verdad sobre esoterismo, mitología y otros temas que la educación convencional suele descartar con un encogimiento de hombros.

Para la mayoría de la gente, la idea de abrir una escuela de magia suele quedarse en "sería divertido". Pero Oberon, siendo quien era, simplemente dijo: "¿Y si lo hacemos?"

Antes de que alguien se emocione demasiado, cabe aclarar que no es exactamente Hogwarts. Nadie se pasea con búhos mensajeros ni hay aulas llenas de adolescentes esperando que un hechizo salga mal y explote algo. Pero si lo que buscas es alquimia, astrología, herbología mágica y la sensación general de que la realidad es más flexible de lo que parece, este es tu sitio.

La escuela se convirtió en un refugio para todos aquellos que sentían que la magia no era solo propiedad de los cuentos de hadas, sino algo que podía (y debía) ser estudiado con la misma seriedad con la que uno estudia matemáticas… solo que con menos números y más encantamientos.

En toda buena historia de magos hay una figura fundamental: la poderosa hechicera, la sabia sacerdotisa, la compañera que convierte la magia en algo aún más real. Para Oberon, esa persona fue Morning Glory Zell-Ravenheart, su esposa, su musa y la co-creadora de muchos de sus proyectos más ambiciosos.



Morning Glory no era solo una mística de renombre, sino una visionaria en sí misma. Fue ella quien acuñó el término "poliamor", un concepto que hoy en día está en boca de todos, pero que en los años 70 sonaba más como el título de una novela de ciencia ficción. Su relación con Oberon no solo era mágica en el sentido romántico, sino también en el sentido literal: juntos exploraron mitos, rituales y formas de espiritualidad que trascendían cualquier categoría simple.

De hecho, si existiera una lista de "parejas legendarias de la historia", en algún lugar entre Tristán e Isolda y Mulder y Scully, estarían Oberon y Morning Glory, posiblemente rodeados de un aura mística y tal vez con un gato negro en el regazo.




Oberon Zell-Ravenheart no vivió como alguien que simplemente aceptaba la realidad tal como es. En cambio, insistió en que el mundo podía y debía ser más mágico. Su vida fue un recordatorio de que la fantasía no es solo para los libros, y que aquellos lo suficientemente audaces pueden encontrar la magia en los lugares más inesperados.

Así que la próxima vez que mires al cielo y te preguntes si los unicornios alguna vez caminaron por la Tierra, o si la magia realmente existe, recuerda: hay personas que nunca dejaron de buscarla. Y gracias a gente como Oberon Zell-Ravenheart, tal vez, solo tal vez, aún está ahí esperando a ser descubierta.

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.


 


 

sábado, 29 de marzo de 2025

El Equilibrio entre la Magia y la Tecnología: Una Historia de Conjuros, Engranajes y Confusión

Lo primero que debe entenderse sobre la magia y la tecnología es que no se llevan bien. Bueno, en realidad, nada se lleva bien con la magia, si uno es honesto. La magia es esa prima rara que nadie quiere invitar a la fiesta porque siempre termina creando un agujero en el espacio-tiempo o sacando de la chistera una criatura tan rara que ni siquiera los biólogos mágicos saben qué hacer con ella. Es como si fuera la vieja amiga excéntrica que en vez de traer una botella de vino, trae una bestia invulnerable con cara de sorpresa y una capacidad ilimitada para hacer desaparecer las llaves del coche.

La tecnología, por otro lado, es esa otra prima —la que, con una sonrisa satisfecha, dice: "Eso es simple, sólo tienes que apretar este botón". En su mayoría, la tecnología funciona. O, al menos, lo intenta. Claro, en el camino deja un reguero de humo y piezas sueltas, y las probabilidades de que el aparato que acaban de inventar explote en la cara de alguien son casi de 3 a 1, pero en general tiene más éxito que la magia, que tiende a funcionar de manera… ¿cómo decirlo? irregular.




-Arte de Clyde Cadwell-


La magia, por supuesto, no tiene ningún problema con el desastre. De hecho, cuanto más caótico, mejor. "Más espectacular" es la palabra que usan los magos cuando intentan describir lo que llamamos "un pequeño accidente". Mientras tanto, la tecnología tiene ese incomprensible propósito de funcionar. Quiere que las cosas se resuelvan sin mucho alboroto ni luces de colores. Si la magia es una tormenta con relámpagos y truenos, la tecnología es ese tipo de tormenta en la que te quedas atrapado bajo la lluvia y, aunque te empapa, al menos sabes que la tormenta acabará en algún momento.

¿Dónde deja esto a la sociedad? Es bastante simple: en un estado constante de confusión. Imagina una ciudad donde los habitantes tienen que decidir si usar magia o tecnología para hacer las cosas. Tienes a los magos, que insisten en que cualquier cosa que no involucre chispas o explosiones mágicas no vale la pena hacerlo. Tienes a los ingenieros, que se sienten cómodos con el funcionamiento del mundo en términos muy prácticos, pero no pueden evitar que sus invenciones terminen siendo increíblemente ruidosas. Los que están en el medio, los ciudadanos comunes, no saben si temer a la magia o a la máquina de vapor que se les acerca a gran velocidad.

El equilibrio entre la magia y la tecnología, por supuesto, es un asunto delicado. ¿Y quién lo mantiene? Bueno, nadie realmente. Es un tipo de paz tensa, como esa que mantienen los gatos y los perros que se miran fijamente desde lados opuestos de la habitación.

Porque, al final, uno de los mayores problemas con el equilibrio entre la magia y la tecnología es que, si bien ambas son tremendamente poderosas, ambas tienen un pequeño inconveniente. Si la magia puede causar desastres y cambios repentinos de la realidad, la tecnología tiene una capacidad muy humana para crear problemas inesperados por pura acumulación de piezas desordenadas. Por ejemplo, cuando un mago intenta ponerle una tapa a la olla de presión con un hechizo de levitación, la última cosa que quiere es ver cómo el hechizo falla y manda la olla por el aire. Pero por supuesto, lo que realmente pasa es que la olla desaparece, y entonces nadie sabe qué ha pasado con la comida, ni con el hechizo, ni con el cocinero.

Por otro lado, la tecnología siempre tiende a resolver las cosas de manera eficiente, pero en un mundo lleno de magia, la eficiencia tiene el mismo atractivo que un ladrillo en la cara. La magia, con todo su caos y grandeza, no tiene tiempo para la eficiencia. La magia es más como un ejército de insectos que invaden una ciudad; es caótica, divertida, y, por alguna razón, el que la usa se siente increíblemente bien al respecto.

Claro, la verdadera pregunta es: ¿pueden la magia y la tecnología vivir juntas en paz? En una sociedad ideal, podrían, pero para eso tendrían que aprender a respetarse mutuamente. Los magos tendrían que aprender a que no todo se resuelve con un hechizo (aunque eso no les hará felices), y los ingenieros tendrían que dejar de ver la magia como algo esotérico y ridículo. Claro, se podrían hacer muchas cosas con la magia, pero ¿quién quiere lidiar con una caldera mágica que explota en medio de una conversación importante?

El futuro podría traer una mezcla, una especie de magia tecnológica, en la que las dos fuerzas se unan para crear maravillas inalcanzables por sí solas. Pero, por supuesto, también es probable que las dos se peleen hasta que todo se convierta en un caos de engranajes, hechizos y artefactos ardiendo. Al final, los magos y los ingenieros se miran y piensan: "No, no está funcionando", y deciden tomar un descanso mientras el resto del mundo sigue explotando a su alrededor.

La conclusión, por supuesto, es que la magia y la tecnología pueden, en su forma más pura, ser fuerzas absolutamente contradictorias. Pero también son, al mismo tiempo, extremadamente útiles para crear historias divertidas y desastrosas, que es, después de todo, lo que realmente importa.


Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

 

lunes, 24 de marzo de 2025

Marcial Lafuente Estefanía: El Sheriff del Pulp Español

Si la literatura de quiosco tuviera su propio Saloon del Más Allá, uno en el que los escritores de pulp se reunieran a contar historias mientras beben whisky de papel barato, es casi seguro que Marcial Lafuente Estefanía estaría allí, en una mesa de honor, justo entre Louis L’Amour y Zane Grey, observando el panorama con la resignación tranquila del pistolero que ha disparado más palabras de las que otros han soñado.

Hablemos con propiedad: el pulp no es un género, es una actitud. Es la certeza de que la vida es demasiado corta para páginas innecesarias y que lo importante es la acción, la justicia y el tipo con el sombrero que, con un poco de suerte, no será el primero en desenfundar, pero sí el último en quedar en pie. En este sentido, Lafuente Estefanía fue un maestro absoluto. Para España y América Latina, fue el equivalente a lo que Dashiell Hammett fue para el noir o H.P. Lovecraft para el horror cósmico: el creador de un universo narrativo con sus propias reglas, sus propios códigos de honor y, sobre todo, su propia y adictiva cadencia.



Nacido en 1903 y con una formación en ingeniería que parecía augurarle un destino más ligado a los números que a los duelos al amanecer, Lafuente Estefanía sobrevivió a la Guerra Civil Española para encontrar su verdadera vocación: escribir. Y vaya si lo hizo. Se dice que publicó miles de novelas del Oeste, aunque una cifra exacta sería tan difícil de establecer como contar los caballos en una estampida. Lo que es seguro es que sus historias inundaron quioscos y librerías, convirtiéndose en la compañía inseparable de generaciones de lectores que, entre viaje y viaje en tren, entre descanso y descanso en la faena diaria, se sumergían en un mundo donde el bien y el mal se resolvían a punta de revólver y con frases lacónicas dignas de un Spaghetti Western de Sergio Leone.

El problema con el pulp es que, por su propia naturaleza, tiende a ser menospreciado. Se le tacha de literatura menor, de mero entretenimiento. Pero lo cierto es que hay más nobleza en la pluma de un autor que sabe mantener el interés de sus lectores sin artilugios innecesarios que en mil pretenciosas novelas que se ahogan en su propio ombligo. Lafuente Estefanía entendía la clave del pulp: una historia bien contada es una historia bien vivida. Sus héroes no eran meros clichés, eran arquetipos, forjados en la tradición de los grandes mitos. Y aunque sus villanos eran crueles y despiadados, siempre había justicia, aunque esta llegara envuelta en el aroma del plomo caliente.

Podría decirse que la literatura de Lafuente Estefanía es la versión española del western norteamericano, pero eso sería quedarse corto. En realidad, es la cristalización de algo más grande: el afán universal por la aventura, por la lucha contra la injusticia, por la búsqueda de la redención en tierras donde la ley se impone no por decreto, sino por convicción. El suyo era un Oeste imaginado, sí, pero tan real como cualquier otro en la mente de sus lectores.

Hoy, cuando los quioscos han sido desplazados por pantallas y los héroes del pulp parecen relegados a la nostalgia, conviene recordar que la esencia de Lafuente Estefanía sigue viva. Porque mientras haya alguien que necesite una historia rápida, un viaje a un mundo donde la verdad es tan afilada como un cuchillo de monte y la justicia es tan certera como un disparo bien apuntado, el pulp nunca morirá. Y cuando eso ocurra, en algún rincón de ese Saloon del Más Allá, Lafuente Estefanía sonreirá, se ajustará el sombrero y volverá a escribir otro western, porque algunos pistoleros nunca bajan el arma.

Después de todo, alguien tiene que mantener viva la ley en la frontera del olvido.

 

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

 

jueves, 20 de marzo de 2025

La Banda del Hocico Torcido

En lo más profundo de las Colinas Rugidoras, donde el viento ulula como una suegra ofendida y las piedras tienden a rodar cuesta abajo con intenciones claramente homicidas, un grupo de orcos estaba reunido en torno a una fogata. La mayoría de ellos se parecían bastante a un jabalí con problemas de actitud. No era que tuvieran mala suerte en la lotería genética, simplemente es que la evolución había decidido irse a tomar un café y dejarlos a su suerte.

El líder de la banda, Gruñek el Astuto (un nombre que él mismo se había puesto, ya que la alternativa era "Gruñek el Que Se Cayó en un Pozo"), extendió un tosco mapa hecho con lo que parecía ser cuero de algo que no se había dejado despellejar voluntariamente.

—Escuchad, zopencos —gruñó Gruñek, señalando con su dedo grueso una línea temblorosa—. Esta es la carretera.




Los orcos asintieron con una mezcla de fascinación y confusión. Algunos nunca habían visto un mapa antes, y uno de ellos, Krug el Excesivamente Literal, levantó la mano.

—¿Y qué es ese dibujo de aquí?

—¡Es un árbol, Krug! —gruñó Gruñek.

—Ah, vale —dijo Krug, desconcertado—. ¿Y qué es ésto?

—¡Otro árbol!

—Ajá… —Krug asintió pensativo—. ¿Y esta línea curva?

—Es el río.

—Ah… ¿y este bicho con cuatro patas?

Gruñek resopló.

—¡Eso es donde se me derramó la sopa de rata, Krug!

Krug se reclinó, satisfecho. Era importante aclarar esas cosas.

Gruñek carraspeó y continuó.

—Cada siete días, pasa una caravana mercante por aquí —dijo, dando unos golpecitos en el mapa—. Llevan especias, oro, y cosas valiosas.

—¿Qué tipo de cosas valiosas? —preguntó Gorruk el Escéptico, que había aprendido a desconfiar de las promesas de riqueza desde que intentaron robar una carreta llena de taparrabos.

—¡Cosméticos! —gruñó Gruñek, que había aprendido esa palabra hacía poco y estaba ansioso por usarla—. Perfumes, aceites raros y jabones de lavanda.

Los orcos se miraron entre sí. Durante años habían considerado el baño como un concepto radicalmente opuesto a su forma de vida. Pero la lavanda sonaba intrigante.

—¿Cómo lo hacemos, jefe? —preguntó Grot el Innecesariamente Agresivo, afilando su hacha contra otra hacha.

Gruñek enseñó los colmillos en lo que podría haber sido una sonrisa o un intento de librarse de algo atascado entre ellos.

—¡Emboscada!

Hubo un murmullo de asentimiento. A los orcos les gustaban las emboscadas. Eran como una pelea, pero con menos reglas.

Al amanecer, la Banda del Hocico Torcido se ocultó entre los arbustos junto al camino. Algunos eran más sigilosos que otros. Krug intentaba esconderse detrás de un árbol que era visiblemente más delgado que él. Grot, por su parte, decidió que esconderse era para cobardes y se quedó en medio del camino con una rama en la cabeza, confiando en su camuflaje improvisado.

Cuando la caravana apareció, los orcos saltaron al camino con una cacofonía de gruñidos y alaridos. Los comerciantes se detuvieron de inmediato, y el líder de la caravana, un hombre con una barba tan elaborada que podría haber alojado una familia de ratones, levantó las manos en señal de rendición.

—¡Por favor, no nos hagáis daño! ¡Tomad lo que queráis!

Gruñek avanzó con la majestuosa seguridad de un orco que ha ensayado su discurso de villano.

—Escuchad, humanos —gruñó—. Esto es un asalto. Entregad todo vuestro oro, especias y… —se aclaró la garganta— vuestros jabones de lavanda.

El mercader parpadeó.

—¿Los jabones?

—¡Sí! ¡Y cualquier otra cosa que huela bien!

—¿Perfumes también?

—¡Sí!

—¿Aceites esenciales?

—¡Por supuesto!

El mercader pareció considerar la situación. Luego suspiró y señaló una caja de madera con un lazo rosa.

—Pues nos haríais un favor si os los llevarais. Llevamos días con la carreta apestando a jazmín y rosas, y los caballos están empezando a deprimirse.

Gruñek frunció el ceño. Él no era un experto en comercio, pero sentía que un botín no debería entregarse tan voluntariamente.

—¿Nos estáis engañando?

—¡No, no! —aseguró el mercader—. Pero si os vais a llevar la caja, al menos llevad esto también. —Señaló otro baúl—. Son bálsamos de bergamota. Muy efectivos contra la piel seca.

Los orcos intercambiaron miradas. Finalmente, Gruñek se encogió de hombros.

—Pues… vale.

Y así, la Banda del Hocico Torcido se marchó con su botín.

Esa noche, junto a la fogata, los orcos examinaron su tesoro. Al principio, hubo dudas. Grot intentó comerse un jabón de lavanda y tuvo que escupirlo durante diez minutos. Pero cuando probaron los aceites y perfumes, la actitud cambió. Gorruk descubrió que su piel nunca había estado tan suave. Krug se embadurnó con un ungüento de jazmín y se describió a sí mismo como "deliciosamente radiante".

Para el amanecer, los orcos no solo olían a un prado primaveral, sino que estaban en una crisis existencial.

—Jefe —dijo Gorruk, oliéndose el brazo—. ¿Qué hacemos ahora?

Gruñek contempló la caja de jabones y suspiró.

—Vamos a necesitar más.

Y así, sin darse cuenta, la Banda del Hocico Torcido dejó el saqueo y se convirtió en los primeros orcos distribuidores de productos de lujo. Porque si hay algo más aterrador que un orco con un hacha, es un orco con un catálogo y una misión.

 

martes, 18 de marzo de 2025

Ser Escritor es Fácil. Mentira. Pero Suena Bien.

Escribir es fácil. Todo el mundo lo hace. Haces garabatos en una servilleta, te quejas en Twitter, envías un correo a tu jefe explicando por qué no has terminado el trabajo (culpando, por supuesto, a un “error técnico”). Escribir, en teoría, no tiene ningún misterio.

Pero ser escritor… ah, eso es otra historia.



-Arte de Doug Beekman-

Para empezar, la inspiración es un ser caprichoso. Llega en los momentos más inoportunos: en la ducha, mientras tratas de dormir, cuando estás atrapado en una conversación aburrida pero no puedes sacar el cuaderno sin parecer grosero. Pero cuando realmente te sientas a escribir, la musa decide que es un buen momento para tomarse vacaciones. De repente, la página en blanco se convierte en tu peor enemigo.

Luego está el proceso de escribir en sí. No es solo juntar palabras hasta que parezcan algo decente. Es reescribir, corregir, odiar cada párrafo, preguntarte si lo que acabas de escribir es brillante o basura (respuesta: ambas, dependiendo de la hora del día). La peor parte es que nunca termina. Siempre puedes mejorar algo, cambiar una frase, eliminar ese adverbio sospechoso. Pero si no te obligas a soltar el manuscrito, podrías pasar la eternidad atrapado en una espiral de perfeccionismo.

Y si logras terminar un texto, entra en escena la duda. ¿Es bueno? ¿Alguien lo leerá? ¿Y si lo leen y lo odian? ¿Y si lo leen y lo interpretan como un manual de instrucciones para algo que jamás intentaste decir? De repente, publicar algo se siente como lanzar una botella al mar con la esperanza de que no te la devuelvan con una nota que diga “esto apesta”.

Por supuesto, todo esto podría ser soportable si ser escritor se pagara bien. Pero, sorpresa: no. Salvo que seas un fenómeno de ventas, lo más probable es que en algún momento tengas que explicarle a alguien que, sí, escribes, pero no, no puedes pagar el alquiler con ello.

Entonces, ¿por qué escribir?

Porque, a pesar de todo, hay algo adictivo en el proceso. Porque hay historias que necesitan ser contadas y personajes que insisten en existir. Porque, en el fondo, ser escritor es una especie de locura encantadora, una mezcla de sufrimiento y satisfacción que solo entienden los que han pasado horas tratando de encontrar esa palabra perfecta.

Así que sí, escribir es fácil. Mentira. Pero suena bien.

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

 

La realidad es un borrador; la fantasía es la versión publicada

La gente cree que la fantasía existe para escapar de la realidad. Eso es adorable pero también es incorrecto. La fantasía existe porque la r...