miércoles, 14 de enero de 2026

Áoife y el secreto robado

Cuando los clanes huían envueltos en pieles y miedo, Áoife se detuvo. En una colina escarpada levantó su forja, desafiando al mundo. Alrededor erigió una empalizada, y más allá un foso sembrado de rocas afiladas, pues sabía que el conocimiento robado exige defensa y muerte.

Había arrebatado a los enanos el misterio de la forja, y pagaba su osadía con noches de combate. De día aprendía los embrujos del arte oculto; de noche, luchaba contra los siervos de la ceniza que acudían como moscas al resplandor del fuego.
En el crisol, las llamas rugían como el aliento de Atharnax. El acero se templó con la esencia de Ylarien, y cuando el rojo del metal fue igual al de la sangre, Áoife imploró la paciencia de Ilander. Entonces golpeó el yunque con la gracia terrible de Fafnar, y el hierro obedeció.
Eran días antiguos y crueles. Los héroes bebían junto a los comunes, y los falsos dioses susurraban desde ciudades protegidas por muros de tierra y madera. Gigantes vagaban por las tierras, y serpientes colosales se enroscaban sobre tesoros de reyes muertos, esclavas eternas de la codicia.



Lemuel el ermitaño

Dicen que cuando aún era escudero en la pétrea ciudad de Yelmogris oyó la llamada de la diosa como un trueno en la sangre. Abandonó entonces muros y estandartes y se lanzó a los caminos, un lobo solitario con espada prestada, ofreciendo su brazo a los viajeros acosados por la noche y el hierro. En choques brutales (siempre superado en número, siempre en pie) templó músculos como cuerdas de acero y un espíritu hecho para la guerra. Pronto su nombre fue susurrado junto a los fuegos de las aldeas y clamado en las villas que circundan Yelmogris, como se invoca a una tormenta salvadora.

Fue en aquellos días de polvo y sangre cuando Lemuel halló las ruinas de una capilla consagrada a la dorada Crisolea, escondida junto a una cascada que rugía entre verdes espesuras. Los humildes, movidos por una fe nacida del miedo y la esperanza, dejaron pequeñas ofrendas en manos del escudero. Lemuel no tomó nada para sí: cada moneda fue piedra, cada pan fue clavo, y así alzó de nuevo la capilla caída. Cuando el santuario quedó terminado, levantó una tienda sencilla entre la cascada y el altar, como quien clava su destino entre agua y juramento.
Al consumarse la obra, se manifestó el espíritu del caballero Leorderic, patrón y guardián de los errantes. Su presencia era fría como el acero antiguo y grave como la justicia sin nombre. Bajo el bramido de la cascada y la sombra sagrada de la capilla, Lemuel hizo los votos de caballero, y la espada espectral de Leorderic tocó su hombro como un rayo sellando carne y alma.
Nadie conoce la edad del caballero errante Lemuel. Aún respiraba el bisabuelo de Imelda, la actual señora de Yelmogris, cuando él partió siguiendo la voz de la diosa. Y hoy, cuando los caminos vuelven a teñirse de peligro y los viajeros tiemblan ante la muerte, alzan plegarias a Crisolea y suplican que su paladín (forjado en soledad, jurado en sombra y agua) acuda en auxilio de los más humildes. Porque donde el miedo camina, dicen, Lemuel no tarda en llegar.



Áoife y el secreto robado

Cuando los clanes huían envueltos en pieles y miedo, Áoife se detuvo. En una colina escarpada levantó su forja, desafiando al mundo. Alreded...