Los elfos de estas tierras son un pueblo de contrastes y sombras, cuya única raíz firme se aferra a los riscos de la villa de Tharvalon; un refugio de agujas de piedra y sabiduría antigua que se alza como el último eco de su gloria pasada. Más allá de sus muros, la «Gente Hermosa» recorre los caminos del mundo en caravanas de colores chillones y carromatos que crujen bajo el peso de arpas de plata y sedas exóticas, ganándose el sustento como trovadores y feriantes de agudo ingenio. Sin embargo, tras la máscara del bufón y el virtuosismo del músico, late el acero templado: son maestros de la hoja grácil y la flecha certera, lo que empuja a mercaderes de bolsa llena y nobles de sangre azul a pujar por su lealtad como guardia personal. En las tabernas, entre trago y trago, se susurra que su linaje no brotó del barro, sino de la propia esencia de la «Buena Gente» de las colinas (hadas y espíritus caprichosos), una creencia que los propios elfos alimentan con sonrisas enigmáticas mientras recogen las ofrendas de leche y miel que los campesinos, temerosos de su magia, dejan en los cruces de caminos bajo la luz de la luna llena.
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