La literatura nos susurra, con voz baja y persistente, que hubo un tiempo en que el mundo caminaba junto a la magia sin preguntarse por qué. No era algo extraño ni extraordinario; simplemente estaba ahí, como la respiración o la sombra al caer la tarde. Pero el mundo cambió. Siempre lo hace. Y lo que antes era vivo y palpitante terminó reducido a un catálogo ordenado, a un manual de entomología donde la magia es una mariposa clavada con cuidado: hermosa en su silencio, perfecta en su inmovilidad, y completamente muerta.
Hace mil años las hadas no se distinguían demasiado de los seres humanos. No por fuera. La diferencia estaba en lo que sabían. En aquello que habían aprendido en secreto o heredado en susurros. Eran, a menudo, mujeres con un conocimiento antiguo, peligroso, tejido de intuición y paciencia. Sabían hilar ilusiones del mismo modo en que otras personas hilaban lana: con manos expertas y sin necesidad de explicar cada gesto.
La Dama del Lago, por ejemplo, no era un misterio envuelto en luz, sino una mujer que conocía los nombres correctos de las cosas. Y con esos nombres podía ocultar una corte entera en una hondonada, cubrirla con agua que no lo era, y hacer que el mundo aceptara la mentira como si fuese verdad. Porque la magia, entonces, no exigía permiso. Bastaba con saber.
Luego llegó la Razón. No entró con violencia, sino con una sonrisa educada y un gesto de lástima. Miró las historias antiguas como quien mira un recuerdo infantil: con afecto, pero sin fe. El baile se detuvo. Los mundos se separaron. La magia fue empujada hacia los márgenes, donde la luz es tenue y las palabras pierden peso.
Los cuentos dejaron de respirar. Se volvieron imitaciones de sí mismos, pulidos hasta perder la textura, vacíos de intención. Se los guardó para los niños, que aún no saben cerrar del todo los ojos, o para los adultos que buscan distracción y no verdad. La magia quedó reducida a una mariposa seca, atrapada en el momento exacto de su belleza, incapaz de volver a alzar el vuelo.
Pero hay verdades que no aceptan la muerte con facilidad.
Nada desaparece por completo. Las historias esperan. Siempre lo hacen. A veces, en el silencio adecuado, casi pueden tocarse. Hay libros que intentan recordar el ritmo perdido, que buscan reconstruir el baile sin nombrarlo directamente.
Porque la magia nunca se fue. Se ocultó en las grietas. En las palabras no dichas. En la sensación de que algo falta cuando creemos haberlo explicado todo. Ha estado ahí todo este tiempo, esperando, vestida con nuestra propia piel, aguardando a que volvamos a escuchar y, por fin, a creer.
Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.
