La primera vez que la palabra orco quedó grabada para desafiar al olvido fue en el año 854 Después del Exilio, cincelada con manos temblorosas sobre las losas fúnebres de los antiguos feylan. Aún hoy, quienes han contemplado esas piedras aseguran que las letras parecen más arañadas que talladas, como si el propio recuerdo se hubiese resistido a ser nombrado.
De estas criaturas, si criaturas pueden llamarse, los sabios conocen poco y sospechan demasiado.
No construyen reinos, ni escriben crónicas, ni dejan legado alguno que no sea ruina y ceniza. Los orcos son esclavos de impulsos primordiales: la furia que arde sin motivo y el hambre que jamás conoce saciedad. Donde pisan, la tierra enferma; donde moran, el silencio aprende a temer.
En los lugares donde el mundo es débil (pantanos de aguas negras, ciénagas y páramos de roca desnuda vestida solo con musgo viejo) levantan sus profanos santuarios.
No son templos hechos para la belleza ni para la gloria, sino para la devoción temerosa.
Fémures apilados como columnas torcidas, cráneos abiertos al cielo como cuencos de ofrenda, y en el centro, siempre, la señal de los Dioses Astados: antiguos, hambrientos y atentos.
Quienes han visto esos lugares y han vivido para contarlo coinciden en una sola cosa:
los orcos no rezan por protección. Rezan para ser desatados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario