sábado, 31 de enero de 2026

Yelmogris: La Ciudad Frontera entre La Marca del Norte y el Ducado de Loegria

Yelmogris, la ciudad más grande al sur de La Marca del Norte, se erige como una colosal encrucijada entre las tierras agrestes del norte y la opulencia del Ducado de Loegria al sur. Es un lugar donde los extremos chocan, no solo en el paisaje sino también en las culturas y las tensiones políticas. La ciudad, se encuentra al pie de una cordillera escarpada y peligrosa. Estas montañas forman una barrera natural entre las tierras inhóspitas de la Marca y los fértiles valles de Loegria.

El río Ducal, que serpentea desde las cimas nevadas hasta el Mar Agreste, es la arteria vital de la ciudad. Sus aguas, turbias y rápidas, fluyen con una violencia que refleja el carácter de la región. A pesar de su peligro, el río Ducal es también la fuente de prosperidad de Yelmogris, ya que los barcos mercantes que lo surcan traen consigo tesoros y recursos de regiones distantes.

El Mar Agreste, un océano oscuro y hostil al suroeste, se mezcla con las corrientes del río Ducal, y sus costas escarpadas están plagadas de acantilados y calas que solo los marineros más valientes se atreven a navegar. Yelmogris es el último bastión de civilización entre la Marca y el ducado de Loegria, y como tal, su atmósfera siempre está cargada de incertidumbre, como si la ciudad misma estuviera en constante tensión entre la ruina y la grandeza.

Yelmogris tiene una historia tan oscura y enrevesada como sus callejuelas. Según las crónicas antiguas, la ciudad fue fundada por una tribu nómada que había huido de las tierras del sur tras una guerra perdida. El primer asentamiento, una fortaleza rudimentaria en la desembocadura del río Ducal sobra las ruinas de una antigua necrópolis enana, era un refugio temporal que con el tiempo se convirtió en una ciudad fortificada. A lo largo de los siglos, Yelmogris se expandió, absorbiendo olas de refugiados, mercenarios, mercaderes y aventureros que huían de las constantes guerras en las tierras de Loegria y de la Marca.

Con el tiempo, Yelmogris dejó de ser simplemente una ciudad de paso y se convirtió en un centro de poder por derecho propio. La riqueza fluyó desde sus muelles hacia sus mercados, y su ubicación estratégica la hizo indispensable para los comerciantes que deseaban transportar bienes entre el Ducado de Loegria y los territorios indómitos al norte. Pero su verdadero ascenso llegó con la llegada de los Magos del Circulo del Hierro, una orden de hechiceros que decidió establecer su sede en la ciudad, atrayendo a buscadores de conocimiento arcano, estudiantes y aventureros de todas partes del continente.

Yelmogris es gobernada por un Consejo de los Cuatro Ancianos, compuesto por representantes de las principales facciones de poder de la ciudad: los comerciantes, los mercenarios, los magos y la nobleza. Este consejo es más un pacto incómodo que una verdadera estructura de gobierno, y está plagado de intrigas. Las tensiones entre los miembros son constantes, pues cada uno busca dominar la ciudad para sus propios fines. Aunque la ciudad se beneficia de una apariencia de estabilidad, los hilos del poder están siempre tirantes, y un pequeño error podría desatar el caos.


      Los Mercaderes de Yelmogris: Son los dueños de los puertos, los que controlan las rutas comerciales y se encargan de que el flujo de oro, especias, metales preciosos y armas no se detenga. Gracias a su control sobre el comercio con Loegria y otras regiones, estos mercaderes ejercen una influencia considerable en el consejo, comprando y vendiendo favores con la misma facilidad con la que comercian bienes.

      Los Mercenarios de la Lanza Roja: Esta poderosa hermandad militar es, en muchos sentidos, el verdadero puño de la ciudad. Actúan como soldados de alquiler, protegiendo caravanas, sirviendo de guardias y, en tiempos de necesidad, tomando las armas para defender la ciudad. También son una presencia constante en las calles, regulando el orden (o más bien, asegurando su propio dominio).

      El Círculo del Hierro: Los magos que residen en Yelmogris controlan gran parte del conocimiento arcano de la región. La Torre de Hierro, su sede, se levanta sobre una colina en el centro de la ciudad, observando todo. La magia de estos hechiceros impregna el aire, y su influencia en el consejo es sutil pero significativa. No buscan gobernar abiertamente, pero su habilidad para manipular el destino de la ciudad es innegable.

      La Nobleza de Yelmogris: Aunque antaño poderosa, la nobleza de la ciudad ha visto su influencia erosionada con el tiempo. Sin embargo, aún mantienen vastas fortunas y tierras en los alrededores de la ciudad, y su posición en el consejo les permite mantener cierta relevancia política. Muchas veces, actúan como intermediarios entre los intereses de Loegria y las facciones de poder dentro de la ciudad.

 

En Yelmogris, la vida está teñida de una constante mezcla de fatalismo y ambición. La población, diversa y multirracial, incluye desde enanos herreros que forjan armas mágicas, hasta los humanos venidos del sur y aventureros de las tierras más allá del norte. Es una ciudad que nunca duerme del todo. Los mercados en las plazas principales funcionan desde el amanecer hasta el crepúsculo, y las tabernas y casas de juego se llenan por la noche de mercenarios, contrabandistas y nobles venidos a menos.

En Yelmogris, todo tiene un precio, y es un lugar donde la magia y el acero están siempre en tensión. Los mercaderes venden artefactos encantados, armas con conjuros oscuros, y amuletos de protección, mientras que los mercenarios y los soldados compran estos objetos con la esperanza de sobrevivir un día más en la ciudad que devora a los débiles.

Los bailes de máscaras y las fiestas son una parte esencial de la vida social entre la nobleza y los comerciantes más ricos, aunque debajo de la ostentación siempre hay un aire de peligro. En estas reuniones, se sellan pactos secretos, y las alianzas se forjan o se rompen en una danza de poder y traición.

 Las relaciones entre Yelmogris y el Ducado de Loegria son tensas pero necesarias. Aunque las dos regiones dependen del comercio mutuo, hay una desconfianza profunda que corre entre ellas. Loegria ve a Yelmogris como una ciudad sin ley, un nido de contrabandistas y rebeldes que amenaza el orden del Ducado. Sin embargo, la ciudad es una fuente vital de recursos, especialmente en tiempos de guerra.

Yelmogris, por su parte, sabe que depender demasiado de Loegria puede ser su perdición. Aunque comercia con el Ducado, también mantiene sus propias alianzas con los territorios del norte, aunque estos sean inestables. Los rumores de un posible conflicto entre Loegria y Yelmogris han circulado durante años, pero hasta ahora, la interdependencia entre ambos ha evitado que estalle la guerra.

 La magia está en el aire de Yelmogris, casi literalmente. Los magos del Círculo del Hierro han impregnado la ciudad con hechizos y conjuros que protegen, pero también controlan. Las lámparas flotantes que iluminan las calles en la noche, las fuentes encantadas en las plazas principales que nunca se secan, son solo algunos ejemplos del poder que la magia tiene sobre la vida diaria en Yelmogris.

Sin embargo, esa misma magia ha convertido a la ciudad en un imán para lo oscuro y lo prohibido. Se dice que bajo las calles de Yelmogris, en la vieja necrópolis, yacen antiguas fuerzas que los magos no han podido dominar completamente. Los rumores de ritos oscuros y de criaturas que acechan en las catacumbas son comunes entre los habitantes.

 Yelmogris es una ciudad de paradojas: rica y decadente, hermosa y peligrosa, civilizada y brutal. En sus muros, se entrelazan el acero y la magia, la diplomacia y la traición, en una mezcla que la hace única y mortal. Es el último bastión antes de las tierras de la Marca del Norte, pero también la frontera con el opulento Ducado de Loegria, lo que la convierte en un lugar de oportunidades y riesgos en igual medida.

En Yelmogris, nada es seguro, y todo tiene un precio.

 

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

viernes, 30 de enero de 2026

Bajo los Fuegos

El primer estallido iluminó el jardín con un fulgor azul. Las sombras de los árboles se estiraron como si intentaran huir, y durante un instante todo pareció suspendido: la música lejana, las risas amortiguadas, incluso el aire.

Geralt pensó —no por primera vez— que la magia tenía un talento especial para aparecer cuando uno menos confiaba en ella.

Triss se apoyó en la balaustrada. No lo miró de inmediato.

—Siempre te quedas callado cuando no sabes qué decir —comentó—. Es casi entrañable.

—No sabía que eso fuera un defecto —respondió Geralt—. He conocido reyes que hablaban demasiado. Acabaron peor.

Ella sonrió, pero no fue una sonrisa ligera.

—Yo también he conocido hombres silenciosos —dijo—. Algunos escondían cobardía. Otros miedo.
Hizo una pausa.
—Tú escondes… elección.

Un nuevo estallido dorado cruzó el cielo. Geralt entrecerró los ojos.

—Las elecciones suelen venir con consecuencias —gruñó—. Y no tengo fama de salir bien parado.

—Mentira —replicó Triss, girándose por fin hacia él—. Sales herido. No es lo mismo.

El brujo la observó. La luz de los fuegos se reflejaba en su cabello, y por un instante pensó que ningún hechizo podía competir con eso. Odiaba admitirlo.

—¿Y si esta vez no quiero elegir? —preguntó.

—Entonces alguien elegirá por ti —respondió ella con suavidad—. El mundo es muy diligente en ese aspecto.

Silencio. Otro estallido. Rojo esta vez.

Geralt suspiró.

—Eres peligrosa, Triss Merigold.

—Lo sé —dijo ella—. Pero al menos contigo nunca he fingido ser otra cosa.

Él dio un paso más cerca. No la tocó.

—Si me quedo —dijo—, no prometo finales felices.

Triss levantó la mano, deteniéndolo antes de que siguiera.

—No te pedí promesas, Geralt.
Sonrió, cansada y sincera.
—Solo que no huyas antes del final del capítulo.

El cielo volvió a estallar. Esta vez, Geralt no miró hacia arriba.



miércoles, 21 de enero de 2026

El Yelmo Vacío y la Jarra Llena

En las tierras fronterizas donde los bosques de Corcaster se encuentran con las laderas pedregosas del Yermo de Espadas, existe un lugar que los cartógrafos evitan y los bardos solo mencionan tras un generoso trago de vino Nidyo. Se llama El Yelmo Vacío y la Jarra Llena, una taberna de vigas de roble negro y tejado de pizarra que no siempre está allí cuando uno la busca. Solo se manifiesta cuando la niebla se vuelve tan espesa que oculta los propios pies y el aire se carga con el olor a ozono y cerveza rancia.

A la entrada, custodiando el umbral bajo un cartel que chirría con una brisa que nadie siente, se alza el que fuera Sir Alaric de Vallesombra. Su figura es una estampa de nobleza marchita: viste una armadura de placas completa, finamente grabada con los motivos de una casa noble ya extinguida, y una cota de malla que brilla bajo la luz espectral. Pero lo que hiela la sangre de los viajeros no es su acero, sino el hecho de que su visera, siempre levantada, revela un cráneo mondado y pulcro que parece observar el mundo con una mezcla de ironía y eterna paciencia.

La historia de Alaric es una de esas advertencias que los ancianos susurran a los jóvenes caballeros demasiado impulsivos. Hace siglos, tras una campaña victoriosa contra los trasgos de las montañas, Sir Alaric entró en la taberna y, poseído por el fervor del triunfo, invitó a cada alma presente a una ronda. Durante tres días y tres noches, la cerveza fluyó como los ríos en todo Talrion y los asados de jabalí no dejaron de salir de las cocinas. Sin embargo, al llegar el alba del cuarto día, cuando el tabernero —un hombre de linaje dudoso y temperamento volcánico— le presentó una cuenta que ascendía a cincuenta piezas de oro de Yelmogris, Alaric descubrió con horror que su bolsa de monedas se había perdido entre el barro y la sangre de la batalla.


"Por mi honor," proclamó Alaric ante la mirada gélida de los parroquianos, "que no abandonaré este lugar ni buscaré el descanso en la morada del Padre Celestial hasta que mi deuda esté saldada hasta la última moneda".
En la Marca del Norte, las palabras dichas con tal convicción a veces atraen la atención de fuerzas antiguas y caprichosas. El juramento de Alaric se selló con una magia tan persistente como el moho en una cripta. Cuando la muerte finalmente lo reclamó, su espíritu no partió. Se quedó allí, anclado a la puerta de El Yelmo Vacío y la Jarra Llena. Con el tiempo, la taberna misma, incapaz de dejar marchar a su cliente más moroso, se deslizó fuera del plano material, convirtiéndose en un refugio espectral que solo permite la entrada a aquellos que pueden pagar su paso.

Hoy en día, Sir Alaric permanece en su puesto, apoyado en su gran espada, actuando como portero y guardián contra las sombras que acechan en el exterior. No es un espíritu maligno, sino un centinela de principios inquebrantables. Si un viajero se acerca, el caballero esqueleto le saludará con una cortesía impecable, informándole de que la casa solo acepta monedas de oro acuñadas antes de la Guerra de los Avatares. Cada moneda que un extraño entrega para entrar se suma a la cuenta de Alaric, restando un segundo de eternidad a su guardia. Hasta que ese tesoro fantasma no esté completo, Sir Alaric seguirá allí, sonriendo al vacío, esperando al último cliente que le ayude a pagar el precio de su honor.

miércoles, 14 de enero de 2026

Áoife y el secreto robado

Cuando los clanes huían envueltos en pieles y miedo, Áoife se detuvo. En una colina escarpada levantó su forja, desafiando al mundo. Alrededor erigió una empalizada, y más allá un foso sembrado de rocas afiladas, pues sabía que el conocimiento robado exige defensa y muerte.

Había arrebatado a los enanos el misterio de la forja, y pagaba su osadía con noches de combate. De día aprendía los embrujos del arte oculto; de noche, luchaba contra los siervos de la ceniza que acudían como moscas al resplandor del fuego.
En el crisol, las llamas rugían como el aliento de Atharnax. El acero se templó con la esencia de Ylarien, y cuando el rojo del metal fue igual al de la sangre, Áoife imploró la paciencia de Ilander. Entonces golpeó el yunque con la gracia terrible de Fafnar, y el hierro obedeció.
Eran días antiguos y crueles. Los héroes bebían junto a los comunes, y los falsos dioses susurraban desde ciudades protegidas por muros de tierra y madera. Gigantes vagaban por las tierras, y serpientes colosales se enroscaban sobre tesoros de reyes muertos, esclavas eternas de la codicia.



Lemuel el ermitaño

Dicen que cuando aún era escudero en la pétrea ciudad de Yelmogris oyó la llamada de la diosa como un trueno en la sangre. Abandonó entonces muros y estandartes y se lanzó a los caminos, un lobo solitario con espada prestada, ofreciendo su brazo a los viajeros acosados por la noche y el hierro. En choques brutales (siempre superado en número, siempre en pie) templó músculos como cuerdas de acero y un espíritu hecho para la guerra. Pronto su nombre fue susurrado junto a los fuegos de las aldeas y clamado en las villas que circundan Yelmogris, como se invoca a una tormenta salvadora.

Fue en aquellos días de polvo y sangre cuando Lemuel halló las ruinas de una capilla consagrada a la dorada Crisolea, escondida junto a una cascada que rugía entre verdes espesuras. Los humildes, movidos por una fe nacida del miedo y la esperanza, dejaron pequeñas ofrendas en manos del escudero. Lemuel no tomó nada para sí: cada moneda fue piedra, cada pan fue clavo, y así alzó de nuevo la capilla caída. Cuando el santuario quedó terminado, levantó una tienda sencilla entre la cascada y el altar, como quien clava su destino entre agua y juramento.
Al consumarse la obra, se manifestó el espíritu del caballero Leorderic, patrón y guardián de los errantes. Su presencia era fría como el acero antiguo y grave como la justicia sin nombre. Bajo el bramido de la cascada y la sombra sagrada de la capilla, Lemuel hizo los votos de caballero, y la espada espectral de Leorderic tocó su hombro como un rayo sellando carne y alma.
Nadie conoce la edad del caballero errante Lemuel. Aún respiraba el bisabuelo de Imelda, la actual señora de Yelmogris, cuando él partió siguiendo la voz de la diosa. Y hoy, cuando los caminos vuelven a teñirse de peligro y los viajeros tiemblan ante la muerte, alzan plegarias a Crisolea y suplican que su paladín (forjado en soledad, jurado en sombra y agua) acuda en auxilio de los más humildes. Porque donde el miedo camina, dicen, Lemuel no tarda en llegar.



domingo, 4 de enero de 2026

Las historias que nos acompañan

La literatura nos susurra, con voz baja y persistente, que hubo un tiempo en que el mundo caminaba junto a la magia sin preguntarse por qué. No era algo extraño ni extraordinario; simplemente estaba ahí, como la respiración o la sombra al caer la tarde. Pero el mundo cambió. Siempre lo hace. Y lo que antes era vivo y palpitante terminó reducido a un catálogo ordenado, a un manual de entomología donde la magia es una mariposa clavada con cuidado: hermosa en su silencio, perfecta en su inmovilidad, y completamente muerta.

Hace mil años las hadas no se distinguían demasiado de los seres humanos. No por fuera. La diferencia estaba en lo que sabían. En aquello que habían aprendido en secreto o heredado en susurros. Eran, a menudo, mujeres con un conocimiento antiguo, peligroso, tejido de intuición y paciencia. Sabían hilar ilusiones del mismo modo en que otras personas hilaban lana: con manos expertas y sin necesidad de explicar cada gesto.

La Dama del Lago, por ejemplo, no era un misterio envuelto en luz, sino una mujer que conocía los nombres correctos de las cosas. Y con esos nombres podía ocultar una corte entera en una hondonada, cubrirla con agua que no lo era, y hacer que el mundo aceptara la mentira como si fuese verdad. Porque la magia, entonces, no exigía permiso. Bastaba con saber.




-Arte de Keith Parkinson-


El mundo de las hadas cambió de forma tantas veces como se contaron sus historias. Adoptó nuevos rostros, nuevas ropas, nuevos nombres. Pero siempre danzó junto al nuestro, cercano y distante a la vez, como dos melodías distintas que, por algún milagro, compartían el mismo compás. Ninguno podía imponerse al otro sin destruirlo. Y destruir al otro era destruirse a sí mismo.

Luego llegó la Razón. No entró con violencia, sino con una sonrisa educada y un gesto de lástima. Miró las historias antiguas como quien mira un recuerdo infantil: con afecto, pero sin fe. El baile se detuvo. Los mundos se separaron. La magia fue empujada hacia los márgenes, donde la luz es tenue y las palabras pierden peso.

Los cuentos dejaron de respirar. Se volvieron imitaciones de sí mismos, pulidos hasta perder la textura, vacíos de intención. Se los guardó para los niños, que aún no saben cerrar del todo los ojos, o para los adultos que buscan distracción y no verdad. La magia quedó reducida a una mariposa seca, atrapada en el momento exacto de su belleza, incapaz de volver a alzar el vuelo.

Pero hay verdades que no aceptan la muerte con facilidad.

Nada desaparece por completo. Las historias esperan. Siempre lo hacen. A veces, en el silencio adecuado, casi pueden tocarse. Hay libros que intentan recordar el ritmo perdido, que buscan reconstruir el baile sin nombrarlo directamente.

Porque la magia nunca se fue. Se ocultó en las grietas. En las palabras no dichas. En la sensación de que algo falta cuando creemos haberlo explicado todo. Ha estado ahí todo este tiempo, esperando, vestida con nuestra propia piel, aguardando a que volvamos a escuchar y, por fin, a creer.


Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Cuento de Navidad: El hada del azucarero

La primera señal de que algo iba a salir ligeramente distinto aquella Navidad fue que apareció un hada en el azucarero.

No una de esas hadas etéreas, delicadas y silenciosas que uno imagina cuando piensa en cuentos. No. Esta tenía alas torcidas, botas diminutas llenas de barro y estaba discutiendo a gritos con una cucharita.

—¡No es mi culpa que el azúcar sea blanco! —Decía el hada—. ¡La magia necesita contraste!

La familia Gómez observaba la escena en un silencio muy educado. En general, eran personas razonables, y como toda gente razonable, sabían que discutir con un hada en Nochebuena rara vez mejora las cosas.

La madre fue la primera en reaccionar.

—Bueno —dijo—, si va a quedarse, que ayude a poner la mesa.

El hada levantó la vista, sorprendida.

—¿Así, sin más? ¿No van a gritar? ¿Ni siquiera una pizca de pánico?

—Estamos algo cansados —respondió el padre—. Es diciembre.

El narrador se permite aclarar aquí que diciembre es un mes peligrosísimo, especialmente para la cordura. Tiene demasiadas luces, demasiadas expectativas y una cantidad sospechosa de villancicos repetidos. Así que, comparado con eso, un hada malhumorada en el azucarero apenas califica como incidente.

El hada se presentó como Brisnia del Cardo Torcido, hada certificada de los Asuntos Navideños Menores, categoría C (con opción a ascenso si nada explotaba).

—Mi trabajo es asegurar la magia del hogar —explicó—. Pequeños milagros, emociones cálidas, reconciliaciones discretas. Nada de renos voladores, eso lo maneja otro departamento.

—¿Y qué pasó? —preguntó la hija mayor.

—Mala administración —dijo Brisnia—. Siempre mala administración.

Pronto quedó claro que la presencia de un hada no hacía la Navidad más ordenada. La hacía más honesta. El cochinillo empezó a hablar (solo para quejarse). Las luces del árbol mostraban recuerdos en lugar de colores. El sillón favorito de la abuela se negó a ser ocupado por nadie más, gruñendo con dignidad.

—Esto no es magia —murmuró el padre—. Esto es terapia.

Y no estaba del todo equivocado.

El hada volaba de un lado a otro, murmurando encantamientos, tomando notas en un pergamino demasiado pequeño y suspirando como alguien que sabía que la Navidad no es un evento mágico, sino un problema logístico con sentimientos.

Cuando llegó la medianoche, Brisnia se acomodó en el borde del reloj.

—Listo —anunció—. Magia aplicada.

—¿Y qué cambió? —preguntó la madre.

El hada miró la mesa: nadie estaba peleando, alguien había pedido perdón sin darse cuenta, y el postre, aunque quemado, se compartía en partes iguales.

—Exactamente eso —dijo.

Antes de irse, Brisnia dejó una última advertencia:

—Recuerden: la magia no hace que la Navidad sea perfecta. Hace que valga la pena incluso cuando no lo es.

Y desapareció en una nube de azúcar ligeramente húmeda.

Más tarde, cuando todo volvió a ser normal (lo cual es una palabra muy optimista), la familia Gómez coincidió en algo importante:
la Navidad había salido mal… pero del mejor modo posible.

El azucarero, por supuesto, nunca volvió a ser el mismo.

 

Yelmogris: La Ciudad Frontera entre La Marca del Norte y el Ducado de Loegria

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