El primer estallido iluminó el jardín con un fulgor azul. Las sombras de los árboles se estiraron como si intentaran huir, y durante un instante todo pareció suspendido: la música lejana, las risas amortiguadas, incluso el aire.
Geralt pensó —no por primera vez— que la magia tenía un talento especial para aparecer cuando uno menos confiaba en ella.
Triss se apoyó en la balaustrada. No lo miró de inmediato.
—Siempre te quedas callado cuando no sabes qué decir —comentó—. Es casi entrañable.
—No sabía que eso fuera un defecto —respondió Geralt—. He conocido reyes que hablaban demasiado. Acabaron peor.
Ella sonrió, pero no fue una sonrisa ligera.
—Yo también he conocido hombres silenciosos —dijo—. Algunos escondían cobardía. Otros miedo.
Hizo una pausa.
—Tú escondes… elección.
Un nuevo estallido dorado cruzó el cielo. Geralt entrecerró los ojos.
—Las elecciones suelen venir con consecuencias —gruñó—. Y no tengo fama de salir bien parado.
—Mentira —replicó Triss, girándose por fin hacia él—. Sales herido. No es lo mismo.
El brujo la observó. La luz de los fuegos se reflejaba en su cabello, y por un instante pensó que ningún hechizo podía competir con eso. Odiaba admitirlo.
—¿Y si esta vez no quiero elegir? —preguntó.
—Entonces alguien elegirá por ti —respondió ella con suavidad—. El mundo es muy diligente en ese aspecto.
Silencio. Otro estallido. Rojo esta vez.
Geralt suspiró.
—Eres peligrosa, Triss Merigold.
—Lo sé —dijo ella—. Pero al menos contigo nunca he fingido ser otra cosa.
Él dio un paso más cerca. No la tocó.
—Si me quedo —dijo—, no prometo finales felices.
Triss levantó la mano, deteniéndolo antes de que siguiera.
—No te pedí promesas, Geralt.
Sonrió, cansada y sincera.
—Solo que no huyas antes del final del capítulo.
El cielo volvió a estallar. Esta vez, Geralt no miró hacia arriba.

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