sábado, 14 de febrero de 2026

Robin of Sherwood

La serie británica Robin of Sherwood, emitida entre 1984 y 1986, entendió algo que muchas otras versiones del arquero verde jamás comprendieron del todo: que las leyendas no tratan de hombres, sino de ecos. Y los ecos, cuando se los escucha con atención, suenan a hojas húmedas, a cuernos antiguos y a decisiones que nunca son tan limpias como quisiéramos que fueran.

En esta versión, Robin no nace héroe: es elegido. Elegido por Herne el Cazador, una figura que no pertenece del todo al mundo de los hombres ni al de los dioses, sino a ese espacio intermedio donde viven los juramentos viejos y las deudas que la tierra cobra tarde o temprano. Aquí la Inglaterra medieval no es un decorado romántico, sino un territorio ocupado, tenso, gobernado por normandos que no entienden la tierra que pisan y por sajones que la recuerdan demasiado bien. La injusticia no es un villano con bigote retorcido; es estructural, persistente, y por eso duele más.

El primer Robin, el de Loxley, es fuego joven: idealista, casi luminoso, convencido de que basta con apuntar bien la flecha correcta para que el mundo vuelva a su eje. Su muerte —porque aquí la muerte importa y no se disimula— no es un truco narrativo, es una herida. Cuando aparece Robert de Huntingdon para tomar el nombre y el peso del manto, la serie hace algo inusual incluso hoy: admite que los símbolos sobreviven a los hombres, pero que eso tiene un precio. Este segundo Robin es más contenido, más cansado, más consciente de que cada victoria deja restos en el barro. No es un reemplazo; es una consecuencia.

Alrededor de ellos, la banda no funciona como coro cómico, sino como familia improvisada: Little John es fuerza y lealtad, Much es nervio y fe, Nasir —extraño, silencioso, letal— es la prueba viviente de que el mundo es más grande que Sherwood y más complicado que cualquier frontera religiosa. Marian no es un trofeo ni un adorno; es convicción, pérdida y resistencia. Y enfrente, el Sheriff de Nottingham no es solo cruel: es inteligente, paciente, peligrosamente humano. Sabe esperar. Sabe que el poder no siempre necesita gritar y golpear fuerte sobre una mesa.

La serie se atreve, además, a algo que hoy llamaríamos arriesgado: funde el mito de Robin Hood con una espiritualidad pagana profunda. La magia no lanza rayos ni resuelve tramas; observa. Está en los rituales, en los silencios, en la sensación constante de que el bosque recuerda cosas que los hombres han olvidado. 

No todo es nobleza ni épica limpia. Hay traiciones, decisiones equivocadas, violencia que no se celebra y finales que no cierran del todo. Robin of Sherwood entiende, que las leyendas verdaderas no terminan, se interrumpen. La serie acabó sin la ceremonia que merecía, pero quizá eso también sea apropiado. Las historias que importan no necesitan una despedida.

Visto hoy, este Robin no es el más espectacular ni el más rápido, pero sí uno de los más honestos. No promete que la justicia triunfe siempre, solo que vale la pena tensar el arco aun sabiendo que el brazo temblará. Y en ese gesto —humano, antiguo, imperfecto— es donde la serie encuentra su verdad. Sherwood no necesita un héroe eterno. Necesita, una y otra vez, a alguien dispuesto a escuchar al bosque y aceptar el costo de hacerlo.

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

Robin of Sherwood

La serie británica Robin of Sherwood , emitida entre 1984 y 1986, entendió algo que muchas otras versiones del arquero verde jamás comprendi...