miércoles, 21 de enero de 2026

El Yelmo Vacío y la Jarra Llena

En las tierras fronterizas donde los bosques de Corcaster se encuentran con las laderas pedregosas del Yermo de Espadas, existe un lugar que los cartógrafos evitan y los bardos solo mencionan tras un generoso trago de vino Nidyo. Se llama El Yelmo Vacío y la Jarra Llena, una taberna de vigas de roble negro y tejado de pizarra que no siempre está allí cuando uno la busca. Solo se manifiesta cuando la niebla se vuelve tan espesa que oculta los propios pies y el aire se carga con el olor a ozono y cerveza rancia.

A la entrada, custodiando el umbral bajo un cartel que chirría con una brisa que nadie siente, se alza el que fuera Sir Alaric de Vallesombra. Su figura es una estampa de nobleza marchita: viste una armadura de placas completa, finamente grabada con los motivos de una casa noble ya extinguida, y una cota de malla que brilla bajo la luz espectral. Pero lo que hiela la sangre de los viajeros no es su acero, sino el hecho de que su visera, siempre levantada, revela un cráneo mondado y pulcro que parece observar el mundo con una mezcla de ironía y eterna paciencia.

La historia de Alaric es una de esas advertencias que los ancianos susurran a los jóvenes caballeros demasiado impulsivos. Hace siglos, tras una campaña victoriosa contra los trasgos de las montañas, Sir Alaric entró en la taberna y, poseído por el fervor del triunfo, invitó a cada alma presente a una ronda. Durante tres días y tres noches, la cerveza fluyó como los ríos en todo Talrion y los asados de jabalí no dejaron de salir de las cocinas. Sin embargo, al llegar el alba del cuarto día, cuando el tabernero —un hombre de linaje dudoso y temperamento volcánico— le presentó una cuenta que ascendía a cincuenta piezas de oro de Yelmogris, Alaric descubrió con horror que su bolsa de monedas se había perdido entre el barro y la sangre de la batalla.


"Por mi honor," proclamó Alaric ante la mirada gélida de los parroquianos, "que no abandonaré este lugar ni buscaré el descanso en la morada del Padre Celestial hasta que mi deuda esté saldada hasta la última moneda".
En la Marca del Norte, las palabras dichas con tal convicción a veces atraen la atención de fuerzas antiguas y caprichosas. El juramento de Alaric se selló con una magia tan persistente como el moho en una cripta. Cuando la muerte finalmente lo reclamó, su espíritu no partió. Se quedó allí, anclado a la puerta de El Yelmo Vacío y la Jarra Llena. Con el tiempo, la taberna misma, incapaz de dejar marchar a su cliente más moroso, se deslizó fuera del plano material, convirtiéndose en un refugio espectral que solo permite la entrada a aquellos que pueden pagar su paso.

Hoy en día, Sir Alaric permanece en su puesto, apoyado en su gran espada, actuando como portero y guardián contra las sombras que acechan en el exterior. No es un espíritu maligno, sino un centinela de principios inquebrantables. Si un viajero se acerca, el caballero esqueleto le saludará con una cortesía impecable, informándole de que la casa solo acepta monedas de oro acuñadas antes de la Guerra de los Avatares. Cada moneda que un extraño entrega para entrar se suma a la cuenta de Alaric, restando un segundo de eternidad a su guardia. Hasta que ese tesoro fantasma no esté completo, Sir Alaric seguirá allí, sonriendo al vacío, esperando al último cliente que le ayude a pagar el precio de su honor.

Nidya

Escucha con atención, viajero, pues lo que voy a contarte no se encuentra en las crónicas pulcras de las bibliotecas de las ciudades costera...