martes, 17 de marzo de 2026

Nidya

Escucha con atención, viajero, pues lo que voy a contarte no se encuentra en las crónicas pulcras de las bibliotecas de las ciudades costeras, sino en los susurros de los taberneros que han visto demasiado. Nidya es una tierra donde el sol no es un aliado, sino un tirano que calcina la razón. Allí, tras murallas de mármol blanco tan vastas que parecen cordilleras talladas por manos humanas, los reyes de Nidya se entregan a una decadencia que roza lo divino. Viven en palacios de cúpulas doradas, perdiéndose en jardines colgantes donde el agua fluye perpetuamente mientras fuera el mundo se muere de sed. Para estos señores, el tiempo es un charco de agua estancada; se visten con sedas que cambian de color según el humor del portador y beben licores destilados de flores que solo crecen en la oscuridad de los sótanos reales, ignorando deliberadamente que sus tronos se tambalean sobre los huesos de imperios que fueron mucho más grandes que el suyo.

Más allá de la sombra de esos muros, donde el viento del desierto aúlla como un animal herido, la realidad es mucho más cruel y antigua. Allí caminan los profetas de las arenas, figuras esqueléticas envueltas en harapos que guardan los secretos de los rituales de sangre. Estos místicos no buscan el favor de los dioses conocidos, sino que arrancan el poder de la misma tierra baldía, realizando sacrificios que harían estremecer al caballero más templado. Con el fluir de la vida sobre las dunas, invocan a los antiguos moradores de los zigurats sepultados, levantando de sus sarcófagos de obsidiana a guerreros que no han respirado en milenios pero que aún conservan el hambre de conquista en sus cuencas vacías. Es una guerra silenciosa entre el lujo estático de las ciudades y la marea de muerte que asciende desde las entrañas del desierto, donde los restos de civilizaciones olvidadas se agitan bajo los pies de los incautos.


Esta peligrosa dicotomía es la que atrae a los hombres de armas de tierras remotas, tipos duros forjados en el acero y la escarcha. Desde los bosques sombríos de la Marca del Norte y los verdes pero belicosos campos del Ducado de Loegria, llegan mercenarios con el corazón lleno de codicia y las manos callosas de empuñar la espada. Algunos desembarcan con el único propósito de saquear las cámaras del tesoro que los profetas protegen con magia negra, soñando con regresar a sus hogares cargados de gemas del tamaño de manzanas. Otros, quizás más pragmáticos o más cínicos, alquilan sus servicios a los decadentes señores de las ciudades, convirtiéndose en los perros de presa que mantienen a raya tanto a los parientes ambiciosos como a los horrores que surgen de las arenas. En Nidya, el acero extranjero es la única moneda que no ha perdido su valor, y aunque muchos de estos valientes terminan como simples esqueletos blanqueados por el sol, otros logran forjar su propio destino en una tierra donde la línea entre un héroe, un mercenario y un cadáver es tan fina como un grano de arena.












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