Cuando los clanes huían envueltos en pieles y miedo, Áoife se detuvo. En una colina escarpada levantó su forja, desafiando al mundo. Alrededor erigió una empalizada, y más allá un foso sembrado de rocas afiladas, pues sabía que el conocimiento robado exige defensa y muerte.
Había arrebatado a los enanos el misterio de la forja, y pagaba su osadía con noches de combate. De día aprendía los embrujos del arte oculto; de noche, luchaba contra los siervos de la ceniza que acudían como moscas al resplandor del fuego.
En el crisol, las llamas rugían como el aliento de Atharnax. El acero se templó con la esencia de Ylarien, y cuando el rojo del metal fue igual al de la sangre, Áoife imploró la paciencia de Ilander. Entonces golpeó el yunque con la gracia terrible de Fafnar, y el hierro obedeció.

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