martes, 13 de mayo de 2025

El Juramento de la Elfa

El olor a hueso seco y podredumbre flotaba en el aire como un manto invisible. Liria no lo notaba. Había aprendido a no respirar cuando el hedor de la muerte era tan denso que podía quedar atrapado en los recuerdos. En su mano, el bastón vibraba con una luz blanca, pálida como la luna, pura como la ira de una mujer traicionada.

Los esqueletos crujían con cada paso. No gemían, no gritaban, pero sus espadas oxidadas hablaban por ellos. Liria los conocía bien: guerreros caídos, marionetas de un nigromante cobarde que jugaba a ser dios desde la seguridad de sus criptas.

—¿Otra vez los muertos, Valtax? —susurró, más para sí que para ellos—. ¿Nunca aprendes?

El primero se abalanzó. Un corte rápido, de arriba abajo. Fácil. Como cortar ramas secas en otoño. Pero no había espacio para el descuido. No cuando los muertos no sienten miedo, ni dolor, ni cansancio. Otro llegó por su flanco derecho, y con un gesto seco de la mano izquierda, una descarga de luz lo redujo a ceniza. El cráneo rodó por el suelo como una burla muda.

No estaba luchando para sobrevivir. Eso lo había hecho en otras guerras, en otros siglos. Esta vez peleaba por algo más viejo y más ardiente: la redención. La de su gente. La suya propia.

—¡Valtax! —gritó al cielo encapotado, al círculo de runas flotantes que marcaban la cúpula de poder desde donde el mago miraba—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Mira en qué los has convertido!

Solo obtuvo silencio. Él no bajaría. Nunca lo hacían.

Una docena más. Quizá veinte. No importaba. Las runas en su muñeca brillaron con un fulgor dorado mientras murmuraba palabras que harían sangrar a un sacerdote. Y entonces el suelo tembló. La luz brotó de su bastón como un torrente divino. Los esqueletos se detuvieron. Uno a uno, se deshicieron en polvo, como si el tiempo los hubiera alcanzado de pronto.

Liria cayó de rodillas. No por agotamiento. Por rabia. Por lo que había hecho. Por lo que aún haría.

—Uno por uno, Valtax —dijo con voz ronca, mirando la cúpula—. Uno por uno los devolveré a la tierra.

Y se levantó, con la furia aún latiendo en sus venas, envuelta en la luz de la magia antigua, la que no se canta, la que no se enseña, la que solo conocen los que han perdido demasiado.

martes, 6 de mayo de 2025

Personajes Marginales en la Fantasía: Un Mundo a Medio Camino Entre la Luz y la Oscuridad

Cuando hablamos de héroes en la literatura de fantasía, todos imaginamos a un caballero de brillante armadura, o una doncella con una espada mágica que puede dividir la oscuridad en dos. Pero, y si te dijera que, en realidad, los personajes más interesantes suelen estar en los márgenes. Y no hablo solo de los márgenes de un mapa de fantasía, esos oscuros y misteriosos territorios donde nadie se atreve a ir, sino de los márgenes de las historias mismas. Esos personajes que no se ajustan a los roles predefinidos, que no encajan en la categoría de "héroe" o "villano" y que a menudo nos hacen preguntarnos: ¿qué demonios estoy leyendo?

Esos, mis queridos lectores, son los personajes marginales, esos seres que desafían las expectativas, que caminan en el borde de la moralidad, que están lo suficientemente lejos de la línea recta como para parecer que están fuera de foco.

Lo primero que hay que aclarar es que el personaje marginal no es ni bueno ni malo. Es algo intermedio, algo que está en el limbo de la indecisión. Estos personajes no tienen el lujo de la claridad moral que acompaña a un héroe clásico ni la maldad obvia que caracteriza a un villano de opereta. Son las personas que, si te los encuentras en la calle, probablemente no sabrías si invitarlos a tomar un té o correr en dirección contraria.

Pero esa ambigüedad es lo que los hace tan fascinantes. Pensemos en personajes como Rincewind, el mago de El color de la magia de Terry Pratchett. No es un héroe. No es un villano. Es un individuo cuya mayor habilidad es escapar de situaciones en las que ni siquiera el viento quiere meterse. Sin embargo, lo que lo convierte en un personaje memorable no es su falta de valentía, sino su constante voluntad de sobrevivir a toda costa, sin importar a quién tenga que arrastrar consigo en el proceso.

A lo largo de la historia de la fantasía, el atractivo de los personajes marginales ha sido evidente. ¿Quién no disfruta de los matices de personajes como Tyrion Lannister en Juego de Tronos o los complejos y humanos personajes de la trilogía de Lyonesse de Jack Vance? Hay algo hipnótico en aquellos que no se ajustan a las etiquetas sencillas, algo que invita a la reflexión: ¿qué haríamos nosotros en su lugar?



-Arte para la novela El Jardín de Suldrun de Jack Vance por Enrique Corominas-

Y ahí está la clave: los personajes marginales son un espejo de la humanidad misma. No todo es blanco o negro, no todo es de una sola pieza. La vida es más bien una gama de grises, y los marginales nos muestran cómo navegar por este espectro. Son la prueba de que no es necesario ser completamente bueno ni completamente malo para ser interesante.

En este punto, podemos pensar en el personaje marginal como un explorador entre el claro y el oscuro. Mientras que los héroes típicos brillan como un faro de luz (y no, no me refiero a ese tipo de luz, esa que te deja ciego), y los villanos se esconden en las sombras con planes oscuros, los marginales viven en el delicado espacio intermedio. Un buen ejemplo sería el temible (y ocasionalmente entrañable) Snufkin de Moomin de Tove Jansson. No es un villano, ni un héroe, pero su independencia y su actitud errante lo convierten en una figura que escapa de cualquier clasificación sencilla.

Y, por supuesto, volvemos a Terry Pratchett, quien perfeccionó el arte del marginal con personajes como el propio Muerte, quien siempre parece tener un toque de simpatía por los mortales, pero nunca deja de ser la representación de lo inevitable. La muerte misma en la obra de Pratchett es tan marginal como puede serlo un personaje.

Los personajes marginales existen para recordarnos que la vida no es una cuestión de "blanco y negro". A veces, las decisiones más importantes se toman sin un claro sentido de lo correcto o incorrecto. Por ejemplo, el ladronzuelo que roba un pan, pero que lo hace para alimentar a su familia, ¿es un villano? Tal vez un héroe, tal vez un superviviente, pero, en muchos casos, simplemente un ser humano con sus propios principios.

Los marginales no solo son una herramienta narrativa, sino que son reflejos de nuestros propios dilemas. Nos recuerdan que, a veces, el bien no es tan claro como una espada brillante. A veces, ser "bueno" significa tomar decisiones difíciles, y ser "malo" puede ser simplemente una cuestión de perspectiva.

Tal vez no llevan espadas ni coronas, pero los personajes marginales poseen algo igual de poderoso: la libertad de ser impredecibles. Y eso, en cualquier mundo, es pura magia.

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

 

lunes, 5 de mayo de 2025

Sir Quejote y el Gran Desgaste

Sir Quejote no era un caballero como los de antes. De hecho, ni siquiera era caballero oficialmente. Solo se hacía llamar así porque había encontrado una armadura oxidada en un mercado de pulgas y le gustaba cómo sonaba cuando caminaba: clonk-clink-crack. Era, según él, un “guerrero del alma”, lo cual no significaba absolutamente nada, pero sonaba bien en sus discursos.

Acompañado por su fiel escudero, Sancho Uno—un maniquí de tienda atado a una carretilla oxidada que usaba como burro—Sir Quejote vagaba por los campos post-apocalípticos del Reino de Mediavacía, buscando injusticias que se dejaran corregir o al menos conversar.

—¡Sancho, mira! —exclamó una mañana, señalando tres figuras sentadas al borde de una trinchera olvidada—. ¡Tres caballeros caídos por el peso del deber! ¡Vamos a levantarlos con poesía!

Los tres soldados no se movieron. Porque eran estatuas. De hormigón. Parte de una vieja instalación artística titulada “Dolor y presupuesto militar”. Pero eso no detuvo a Quejote.

—¡Ánimo, hermanos del acero emocional! Yo también lucho contra gigantes invisibles: la burocracia, el tedio, y esa señora del archivo que nunca encuentra mi expediente.

—No te oyen —murmuró una voz. Era un cuervo que llevaba un casco de latón y olía vagamente a sarcasmo.

—¿Tú qué sabes? —replicó Quejote, ofendido—. No todos los héroes necesitan ser escuchados. Algunos solo necesitan hablar mucho hasta que alguien se rinda y les dé una medalla.

El cuervo lo miró largo rato, luego soltó un graznido que sonó sospechosamente como una risa.

—¿Y cuál es tu misión real, Sir Quejote?

—Salvar el mundo, claro.

Esa noche, bajo un cielo donde las estrellas parecían tener resaca, Quejote se sentó frente a los soldados de piedra. Sacó su flauta desafinada. Tocó algo que podría haber sido música si las leyes de la acústica fueran más tolerantes.

—A veces, Sancho —le dijo al maniquí—, uno no pelea por ganar. Pelea para no oxidarse por dentro.

El viento no respondió. Pero si lo hubiera hecho, seguro se habría burlado un poco y luego le habría ofrecido un cigarro.



viernes, 25 de abril de 2025

Sobre Kobolds, Dragones, y la Ferocidad Olvidada

Por Sir Pelagio Nuncamiro, historiador de dudosa reputación y autor de «¡No me Muerda!: Una guía de campo para lidiar con cosas pequeñas pero homicidas».

Hoy día, los kobolds son universalmente conocidos como esas pequeñas criaturas escamosas que apenas alcanzan la estatura necesaria para discutir con un enano sobre cuál de los dos es más ridículo.

Sin embargo, en el Antiguo y Grandiosamente Violento Pasado, particularmente en los tiempos ancestrales de Dungeons & Dragons, los kobolds eran figuras de terror que hacían gala de una ferocidad sorprendentemente desproporcionada respecto a su tamaño, su masa corporal y, en muchos casos, su cociente intelectual.

La historia sostiene (principalmente porque los kobolds no permiten que nadie escriba una versión alternativa sin recibir una lluvia de dardos envenenados) que ellos descienden de dragones, criaturas de majestuosidad, poder mágico y suficiente arrogancia como para necesitar habitaciones especialmente altas.

Los primeros kobolds eran algo distintos: tenían escamas brillantes, una actitud absolutamente homicida, y la costumbre muy desagradable de lanzarse en enjambres chirriantes sobre cualquier cosa más grande que ellos, lo cual, desafortunadamente para la biodiversidad del mundo, era prácticamente todo.

Un solo kobold podía ser ignorado.
Cincuenta kobolds podían arrasar un pequeño asentamiento.
Cien kobolds eran considerados oficialmente un evento natural desastroso, como los incendios forestales o la lluvia de ranas.

Su ferocidad estaba tan bien documentada que incluso dragones más jóvenes se pensaban dos veces antes de invitar a un grupo de kobolds a una fiesta, no fuera que terminaran sin cubiertos, sin cortinas y, de alguna manera, sin techo.

Entonces, como suele pasar en la historia (y en partidas particularmente desafortunadas de D&D), el glorioso pasado de violencia kobold se fue... diluyendo.

Puede haber varias razones para esto:

  • La invención del calzado reforzado, que les dificultaba morder tobillos exitosamente.
  • La costumbre de los héroes novatos de probar sus habilidades mágicas con grupos de kobolds antes de enfrentarse a enemigos reales.
  • La aparición de los contratos de seguro para aldeas, que pagaban más si podían demostrar que el ataque había sido por criaturas "temibles y de renombre" y no simplemente "por pequeños lagartos gritones".

Ahora, los kobolds son más conocidos por sus trampas caseras, su creatividad a la hora de morir espectacularmente y su lealtad obsesiva a cualquier cosa con alas y aliento flamígero.

Pero en su corazón diminuto y lleno de rencor, aún se creen descendientes de los dragones más temibles que alguna vez surcaron los cielos.
Y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, un kobold recuerda.

Y luego corre a esconderse, claro, porque no es tonto.

Quizás, en algún rincón olvidado del mundo, existe una caverna donde los kobolds aún rugen como dragones diminutos, ondean banderas hechas de calcetines robados, y cuentan historias de los días gloriosos cuando un solo grupo de ellos podía desatar el miedo en los corazones humanos.

 

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

El Último Juramento

Los vientos aullaban como lobos enloquecidos en las vastas llanuras del norte, azotando la tierra yerma. Allí, solitario como un monolito olvidado por los dioses, se alzaba Hroldgar, hijo de Thrain, el último de los lobos de Skand.

Su yelmo, abollado por cien batallas, brillaba apenas bajo el sol sangriento del ocaso. Su barba, espesa como los bosques antiguos, se enredaba con la mugre de la guerra, y sus ojos ardían con la fiereza implacable de un hombre que ha visto el fin de su mundo y aún rehúsa caer.

Hroldgar no hablaba. Sus palabras se habían perdido mucho tiempo atrás, ahogadas en el rugido de las espadas y en los gritos de los moribundos. Lo único que quedaba de él era el juramento: la sangre de sus hermanos sería vengada, y sus enemigos conocerían la furia de Skand antes de que la oscuridad reclamara su alma.

A lo lejos, las huestes de los hombres del sur se reunían, una marea de acero y odio. Sabían que sólo un hombre les enfrentaba, y reían. ¡Necios! No comprendían que enfrentaban a un espíritu más antiguo que sus reinos, más endurecido que sus aceros.

El guerrero gruñó como una bestia herida, y levantó su hacha mellada, una reliquia de tiempos donde los dioses aún caminaban entre los hombres. Cada músculo de su cuerpo vibraba con la promesa de violencia.

—¡Venid! —rugió, su voz era un trueno que retumbó por la llanura—. ¡Venid a morir!

Y cuando cargaron hacia él, como una ola que rompe contra las rocas, Hroldgar sonrió. Era la sonrisa de los condenados, la sonrisa de quien no teme a la muerte, porque ya ha vivido más allá de ella.

Ese día, los campos del norte se tiñeron de rojo, y las leyendas susurrarían, por siglos, el nombre del lobo que se negó a arrodillarse.

 

domingo, 13 de abril de 2025

El Pecado Mortal de No Leer la Dragonlance

La fantasía moderna es como ese tipo de vino que se vende en botellas extremadamente sofisticadas, con etiquetas tan largas que necesitas una lupa para leerlas.

Ahora bien, cuando los jóvenes de hoy miran con desdén la saga de la Dragonlance —esa joya literaria que ha sido parte de la columna vertebral de la fantasía moderna desde que se decidió que los elfos no solo debían ser hermosos, sino también profundamente solemnes y trágicos—, no puedo evitar pensar que hay un cierto malentendido. Es como criticar una canción de los Beatles porque no suena lo suficientemente “experimental”.

Claro, la Dragonlance tiene esa apariencia de ser algo demasiado "fácil" o "anticuado". Los héroes son valientes, los villanos son malvados y los dragones... bueno, están ahí, volando sobre montañas y destruyendo aldeas. ¡Horror, horror! Pero si uno se detuviera a mirar más allá de los arcos y las espadas, descubriría que esta saga tiene más capas que un pastel de bodas, y algunas de esas capas tienen sabores deliciosamente complejos.



-Arte de Larry Elmore

Los personajes, por ejemplo, no son solo estereotipos con capas de terciopelo. Raistlin Majere, por decir algo, no es solo un mago malvado. Es un hombre lleno de contradicciones, y ese pequeño detalle hace toda la diferencia. No se limita a ser un personaje simple con una túnica oscura y una risa malévola. Raistlin tiene inseguridades, ambiciones y una ironía que haría sonrojar al mismo Sauron.

¿Y qué hay de las batallas? Las batallas en la Dragonlance no solo son un lugar para ver a los héroes repartir espadazos y esperar que los dragones mueran dramáticamente. Las batallas son los vehículos para hablar sobre algo mucho más grande: el sacrificio, la lealtad y, sí, esa molesta costumbre de que los héroes no siempre ganan. Al final, la guerra en la Dragonlance no es solo un choque entre buenos y malos; es un recordatorio de que incluso en los momentos más oscuros, uno debe preguntarse: "¿Qué clase de persona quiero ser?".

Pero no. Hoy en día, la Dragonlance es percibida como algo casi "populista", como si fuera solo una historia sencilla sobre el bien contra el mal, cuando en realidad fue una de las series que ayudó a cimentar el moderno concepto de la fantasía épica. Y, ¿saben qué? A veces necesitamos un poco de "sencillez". A veces, no todo tiene que estar tan envuelto en capas de tristeza existencial y metaficción. A veces, solo necesitamos una buena espada, un buen dragón y un héroe lo suficientemente valiente como para decir: “¡Este es el momento en que me enfrento al mal y me siento bien al hacerlo!”

Así que, queridos lectores, la próxima vez que alguien diga que la Dragonlance es solo para aquellos que sienten nostalgia por las viejas fantasías o, peor aún, que es un simple "producto de la cultura de los 80s", sólo sonrían con indulgencia. Como si alguien les hubiera dicho que las novelas de Dickens son solo para leer en clases de literatura obligatorias.

En resumen, no dejen que los influencers de hoy les digan qué leer. Al final, la Dragonlance no es solo un testimonio de la fantasía de antaño; es una clase magistral sobre lo que significa ser humano. Y como todos sabemos, cualquier historia que nos haga cuestionar lo que significa ser humano, aunque esté llena de dragones y elfos, es una historia que vale la pena leer.

Así que saquen esos libros del estante polvoriento, vuelvan a ellos y digan a todo el mundo que Raistlin era el tipo más interesante en la sala. Porque, créanme, los dragones nunca fueron solo para asustar a los niños. También son para enseñarles algo.

 

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

martes, 8 de abril de 2025

Tormenta de Carne y Hierro

El aire en el corredor era pesado, denso, como si la misma atmósfera hubiera sido corrompida. El eco de los pasos del marine resonaba con una cadencia lenta, monótona, un sonido que parecía estar ahogándose en la oscuridad que lo rodeaba. A su alrededor, la fortaleza de Forjaeterna crujía, quejándose como un viejo gigante moribundo. A cada instante, un estruendo retumbaba, un grito o  un murmullo de voces que no deberían existir.

Korr, el último marine, avanzaba solo. Su armadura, mellada por la brutalidad de la guerra, reflejaba una luz cálida y pútrida que surgía de las paredes empapadas de sangre. La mayoría de sus compañeros ya habían caído, arrastrados por las hordas del abismo, convertidos en monstruos sedientos de carne. Unos pocos aún estaban vivos, pero habían sido consumidos por la locura. Él… él seguía en pie, no por valentía, sino por pura necesidad, por un hambre de venganza que ni siquiera la muerte podía extinguir.





En su pecho, su servo-motor goteaba un líquido espeso, como un llanto de metal. La armadura había recibido más de un golpe fatal, y sus sistemas no respondían bien. Pero no importaba. No iba a dejar que la oscuridad se tragara todo. No mientras pudiera sujetar un arma y cargar con el peso de su armadura.

¡Bang!

Una explosión sacudió el corredor. Korr giró instintivamente, su brazo derecho alzó su fusil de asalto modificado. La primera cosa que vio fue una masa viscosa, que se deslizaba por el techo como una corriente de alquitrán, con ojos diminutos brillando en la negrura. Un destello de ira recorrió su cuerpo. Sabía qué era. Sabía qué significaba.

Los horrores de las profundidades de la fortaleza no tenían forma. Eran sombras, criaturas que una vez fueron humanos, pero que ahora eran solo carne retorcida, mezclada con algo mucho más antiguo y malicioso. Aparecieron de las grietas, como cucarachas nacidas de la suciedad, sus rostros estaban desfiguradas por las cicatrices del abismo.

Korr descargó una ráfaga de fuego. Los disparos retumbaron en el pasillo, cortando el aire como cuchillos. Las criaturas cayeron, pero más surgían de la oscuridad, sin fin.

— ¡Cabrones! — rugió, su voz distorsionada por el modulador de su casco. Estaba perdiendo el control. Pero no importaba.

Saltó hacia adelante, sus botas chirriaron contra el suelo húmedo mientras avanzaba con furia ciega. La bestia más cercana se abalanzó hacia él, sus garras se extendieron como cuchillas. Korr la alcanzó en el aire y, con un giro brutal, le arrancó la cabeza con el filo de su cuchillo de combate, empapándose de un líquido espeso y pútrido. La cabeza cayó al suelo con un golpe sordo, mientras el cuerpo de la criatura caía a sus pies, todavía temblando.

No tuvo tiempo de celebrarlo. Algo aún peor se acercaba.

Desde las sombras surgió una figura mucho mayor. Una masa de carne putrefacta que apenas parecía humana. Su rostro, si es que aún podía llamarse rostro, estaba cubierto por una capa de carne podrida y ojos desorbitados. De su boca caía un fluido negro. Con un gruñido profundo, la criatura lanzó un grito desgarrador y se lanzó hacia él.

Korr se preparó. Aquel ser era grande, mucho más grande que él, pero no iba a detenerse. No podía. Alzó su rifle, pero no tenía tiempo de apuntar. Su única opción era la brutalidad.

Corrió hacia el monstruo, sin dudar, y con un giro violento, le clavó el cuchillo en el abdomen. La criatura chilló de dolor, pero su piel era gruesa, resistente. Korr, usando toda su fuerza, le dio un codazo en la mandíbula, haciendo que el monstruo retrocediera un paso, sólo para ser reemplazado por otro ataque. Sus garras rasgaron la armadura de Korr, dejando profundos surcos en su pecho, pero no fue suficiente para derribarlo.

Con un rugido feroz, el marine utilizó su último aliento de furia para dar un golpe mortal. Sujetó el cuello de la bestia y, usando la fuerza de su servo-motor, giró con una rapidez que apenas su cuerpo pudo soportar. El crujido de huesos rotos llenó el pasillo mientras arrancaba la cabeza del monstruo de su cuerpo. La sangre oscura salpicó su rostro, pero no se detuvo.

Se desplomó sobre las rodillas, jadeando. Su armadura era un amasijo de metal y carne, llena de abolladuras, pero aún estaba en pie. A lo lejos, un retumbar sacudió la fortaleza, como si el mismo infierno estuviera a punto de tragárselo todo.

Korr no sonrió. No lo haría. Sabía que no iba a ganar esta guerra. Lo único que quedaba era seguir luchando, hasta el último aliento, hasta que la oscuridad lo arrastrara al abismo con los demás.

— ¿Por qué sigues luchando? — la voz del comandante muerto resonó en su casco. — Ya está todo perdido.

Korr miró la carnicería que había dejado atrás, la fortaleza de Forjaeterna completamente rota y las criaturas cayendo una tras otra. Con una última mirada a la cámara que parecía absorberlo todo, sonrió, aunque el gesto estaba roto y lleno de rabia.

— Porque no me queda otra opción, hijo de puta.

 

La realidad es un borrador; la fantasía es la versión publicada

La gente cree que la fantasía existe para escapar de la realidad. Eso es adorable pero también es incorrecto. La fantasía existe porque la r...