lunes, 17 de noviembre de 2025

El Hobbit

El Hobbit. Cuando pienso en él, me parece más una canción antigua que una novela: algo que se tararea sin saber cuándo empezó, pero que al hacerlo uno siente que el mundo es un poco más amable.

Tolkien escribió una historia que parece sencilla —una aventura, un dragón, un tesoro— pero bajo su superficie late una ternura profunda, una sabiduría discreta que solo los verdaderos narradores poseen. Hay en sus páginas una reverencia por lo pequeño, una comprensión de que lo heroico no siempre lleva espada, y que a veces el coraje se disfraza de cortesía, de segunda cena o de un suspiro antes de dar el primer paso fuera de la puerta.



- Arte de David Thorn Wenzel-


Bilbo Bolsón no es un héroe por naturaleza, y eso es, quizá, lo que lo hace tan real. No ansía la gloria, ni canta canciones sobre sí mismo. Solo quiere su sillón cómodo, su pipa y su despensa bien surtida. Pero la vida —o tal vez el destino, o los caprichos de un mago de barba gris— lo empuja hacia el camino, ese lugar donde el mundo se ensancha y la quietud se convierte en asombro.

Y en ese viaje, Tolkien nos recuerda algo que todo buen cuento debería recordarnos: que la valentía no consiste en no tener miedo, sino en seguir adelante a pesar de él. Que la bondad puede ser tan poderosa como la espada más afilada. Que incluso un bolsillo pequeño puede contener un corazón inmenso.

Leer El Hobbit es volver a creer que las palabras son magia. Que un mapa puede esconder una promesa. Que una puerta redonda puede ser el umbral entre lo conocido y lo imposible. Es el tipo de historia que uno debería leer en voz baja, junto al fuego, mientras el viento golpea las ventanas y la noche parece más grande de lo habitual.

Tolkien, con su prosa de filigrana y su amor por las raíces y los nombres, no solo creó un mundo: sembró una semilla. Y de esa semilla brotaron todos los bosques que vinieron después.

Yo diría que no es un libro sobre dragones ni tesoros, sino sobre la dulzura de perderse y encontrarse. Sobre cómo, al volver a casa, uno nunca es exactamente el mismo. Y eso, quizá, sea el verdadero oro que Bilbo trajo de su viaje.

Recuerdo mi primera lectura: fue en unas navidades, cuando el aire olía a café recién hecho y las luces temblaban en los cristales. Afuera hacía frío, pero dentro del libro todo era cálido: los fuegos del hogar de Bolsón Cerrado y las risas de los enanos. Tal vez por eso siempre he creído que el invierno es la estación perfecta para leerlo. Hay algo profundamente navideño en su espíritu, aunque no haya villancicos ni abetos: ese sentido de regreso, de familia, de aventura compartida antes de volver al hogar.

 

Un abrazo de oso y una pinta para todo aquel que se deje caer por este baldío.

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